Escuela de Humanidades, home, LICH - Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas
Silvia Grinberg, directora del Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas, analiza la miniserie británica que dejó a medio planeta en estado de shock y plantea una pregunta urgente: ¿En qué infierno digital estamos abandonando a las nuevas generaciones, cada vez más expuestas y desprotegidas? Padres, madres, instituciones y Estado tendremos que asumir que la tarea de educar(nos) en ese ámbito no le corresponde a los algoritmos. Y para eso, dice Grinberg, harán falta más y mejores escuelas. ¿Qué haremos para que esas escuelas existan?
En Infancia e historia Agamben decía que reprochamos a la infancia aquello que nosotros, los adultos, ya no somos capaces de sentir o vivir. Algo de ello es lo que creo se juega en la serie Adolescencia (2025). Nos interpela como adultos, y más aún, interpela de modo especial a los adultos que somos. Quedamos perplejos ante una serie de sucesos, uno más desafortunado que el otro, que no nos sorprenden o no pueden hacerlo. Nosotros estamos también atrapados en las redes, ¿por qué no habrían de estarlo nuestros hijo/as?
Dos menores, una nena (Katie) y un nene (Jamie), ambos de 13 años, protagonistas de una escena en la que definitivamente nada de todo lo que sucede debería haber sucedido. Cada capítulo transita las voces de autoridad desautorizada. Todas intentando comprender, pero imposibilitados de hacerlo. A veces parece que solo Jamie entiende algo. Esa es quizá una de las angustias más grandes.
En pocos minutos, dos policías: una que claudicó a la voluntad de la maternidad y otro al que se lo ve tan angustiado como enojado ante la escena del crimen, enfrentando su propia condición de padre que llegó sin querer queriendo, pero cuyo hijo a quien declara amar como a nadie, no solo constata que sufre, sino que es el que consigue explicarnos algo de lo que está pasando en esas adolescencias.
Las escenas de incomprensión se suceden: unos padres (los de Jamie) que se enfrentan a la idea de ver su hijo, un nene que todavía tiene pecas, acusado de asesinato. Inevitable para ellos preguntarse: ¿Qué hicimos mal? ¿Nosotros lo criamos así? No, se contestan, criamos a los dos por igual (Jamie tiene una hermana mayor). La imposibilidad de comprensión se vuelve como una daga. Y ¿entonces? Entonces ahí te deja la serie. Inevitable para cualquier padre y madre mientras mire la serie preguntarse por ese entonces y girar la vista al propio hijo.
Junto a los padres, y la institución policial, también la psicóloga busca comprender. No tanto a Jamie, sino saber si el adolescente comprende a lo que se enfrenta. Pero ahí no es posible no volver al enojo. Qué lugar es ese. Ese nene queda más desprotegido mientras comprende que comprende. Una y otra vez la serie vuelve al mundo adulto que mira, pero no consigue ver.
Mientras tanto, la escuela en estado de shock. Buscando contener mientras intenta seguir: el show debe continuar. Quizá es el modo más a mano o primario de intentar hacer que esa angustia pase. Luego del duelo, todos vuelven a transitar los pasillos donde la angustia y el enojo habita cada cuerpo. ¿Que podría hacer o haber hecho la escuela? Quedamos perplejos, otra vez llenos de incomprensión. Una docente que intenta consolar a la amiga de Katie. “Te hubieras quedado en tu casa”, le dice. Mientras ella, claramente más ofuscada, grita: “No me iba a quedar sola en mi casa, mi mamá trabaja todo el día, y en la calle no iba a andar”. Docentes confundidos a quienes lo primero que queremos es culparlos de nuestros males. Pero digámoslo: quién esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Las redes, la interacción con el mundo que allí se mueve, nos obliga a la voluntad de entendernos a nosotros, como los adultos que somos, y por supuesto a nuestros jóvenes. No tanto comprender si comprendemos, sino comprender a nuestros hijos y más aún a nosotros y a nosotros en relación con ellos. ¿No soñábamos con ser padres copados, que jamás acosarían a sus hijos? Mejores padres, protectores, comprensivos, etc. Una comprensión que nos es esquiva. Una autoridad que la serie nos devuelve resquebrajada. Adolescentes mareados, confundidos y adultos peleando con eso.
Una escena no tan nueva. Mauricio Kartun podría volver a construir —como lo hizo en los ochenta— la escena de Chau Misterix, y seguramente la calle de aquel barrio se mudaría a las redes. Me gustaría mucho escuchar lo que tiene para decir Kartun de Adolescencia. Frustración, miedo al rechazo, incomprensión son los ejes de ambas obras. Rubén, en la obra de Kartun, se refugia en la fantasía donde lo reprimido consigue una vía de canalización, al tiempo que lo conduce a transitar la angustia del estar frente a otros y otras. Jamie queda ahí. Kartun fue un poco más amable con sus adultos.
Ahora, mientras seguimos intentando comprender este tiempo, no tenemos ningún derecho de reprochar a los jóvenes aquellos de lo que nosotros no somos capaces. Todo tiempo pasado definitivamente no fue mejor. ¿Cómo pasar a palabra ese enojo y angustia que nos queda atragantado cuando la serie termina? Si logramos aprender algo en el tiempo que nos llevó a la adultez es que siempre el mayor enfado es con nosotros mismos.
Vuelvo en el final a la escuela. Sino las tuviéramos las cosas serían bastante más complicadas. En las escuelas de hoy, a diferencia de aquellas a las que nosotros fuimos, el acoso tiene nombre: bullying. En nuestros pasillos eso era moneda corriente y parecía que nadie se daba por enterado. Deberemos educar(nos) en la sociedad digital, sí. Y está claro que no deberíamos dejar esta imposible tarea a los algoritmos. Y para eso vamos a necesitar más y mejores escuelas.
¿Qué le estamos pidiendo a la escuela? ¿Y qué necesita esa escuela para poder ocuparse de eso que le estamos pidiendo?
Esa es la pregunta política que queda en el aire.