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La Guerra de Malvinas y la comida de la tropa

En 1982, un régimen autoritario y ya impopular ganó el apoyo de la sociedad civil y política por la recuperación de las Islas Malvinas. A 37 años, la directora de la Maestría en Antropología Social del IDES e IDAES Rosana Guber revisita una de las polémicas sobre la guerra: la alimentación de las tropas en Malvinas.

Por Rosana Guber

La comida de las tropas en las Islas Malvinas durante la guerra fue uno de los mayores blancos de crítica en la posguerra: que los soldados fueron hambreados por los oficiales, que los galpones de Puerto Argentino estaban repletos de alimentos, que los altos jefes se daban la gran vida. A 37 años de los hechos convendría introducir algunas precisiones para desmontar argumentos simplistas y maniqueos.

En situaciones de guerra la comida es un arma tan vital como el armamento. Para comprender las situaciones planteadas debemos atender varios factores: la localización de las unidades, su relación con las fuentes de abastecimiento y con el continente, la etapa del conflicto, la presencia enemiga y las pautas de organización social de cada formación militar.

La logística, encargada de abastecer alimentos, indumentaria y equipamiento bélico, debió enfrentar el bloqueo británico desde mediados de abril y más seriamente desde mayo. Tras el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo, el transporte de gran volumen desde el continente lo aseguraron los C-130 Hércules de la Fuerza Aérea y los aviones Electra de la Armada (ARA). Los barcos mercantes ELMA Isla de los Estados, Río Carcarañá y Bahía Buen Suceso, enviados en reemplazo de la flota de mar, fueron hundidos por los británicos.

Las unidades del Ejército apostadas en la Isla Gran Malvina fueron las más castigadas con el hambre, particularmente después del desembarco inglés en la Bahía San Carlos, al oeste de la Isla Soledad. Oficiales, suboficiales y soldados se alimentaban con guisos de aves marinas (avutardas) y algunas reservas de envasados. Pese a que los altos mandos habían prohibido disponer del ganado ovino, para ganarse (vanamente) a los isleños, el jefe del Regimiento de Infantería 5 (Pt. Howard) decidió comprar algunos animales. Su jefe, el comandante de la III Brigada de Infantería, que casi no salía de Puerto Argentino, lo reprendió severamente. Algo similar ocurrió en otras posiciones cuando algunos soldados fueron castigados con calabozo de campaña (estaqueo) por robar una oveja kelper.

Pero no todas las unidades pasaron hambre. Algunas comieron mal y otras, muy próximas, comieron adecuadamente. El Batallón de Infantería de Marina N.º 5 y el Apostadero Naval contaban con un puente aéreo propio en el continente. Además, los Infantes de Marina habían llevado abastecimiento para un tiempo considerable, cocinero y cocinas a glicerina y kerosene. En cambio, los regimientos del Ejército dependían de los depósitos de Puerto Argentino, de los Hércules que debían cargar de todo, y de cocinas que, a falta de leña, funcionaban con turba, de escasísimo poder calórico. En el BIM5 comían 3 veces por día caliente. En el Regimiento 7 en Longdon, lo hacían una vez al día. La comida estaba entre tibia y fría.

Soldados argentinos del B.I.M 5 haciendo cola para una comida en Monte Tumbledown.

 

Foto: Rosana Guber, Centro de Veteranos de Guerra y Familiares de Caídos en Malvinas, Punta Alta, Provincia de Buenos Aires, octubre 2017. Cocina del BIM5 a glicerina.

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Nota actualizada el 4 de abril de 2019

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