Escuela Secundaria Técnica

Vera Jarach: “Tenemos el derecho y el deber de participar como ciudadanos cuando hay injusticias”

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La integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora visitó la Escuela Secundaria Técnica de la UNSAM, donde fue entrevistada por los alumnos de quinto año. Ante un público orgulloso y emocionado, compartió un mensaje de lucha inspirador.

Por los alumnos y alumnas de quinto año de la Escuela Secundaria Técnica UNSAM | Fotos: Pablo Carrera Oser

Cuando Vera ingresó al edificio de la Escuela, los chicos pintaban un mural en la pared del patio con la frase “Nunca más el Estado contra los pibes y las pibas”. En cuanto la vieron llegar, dejaron los pinceles sobre la mesa y la recibieron con un aplauso. La incansable mujer de 90 años saludó con un beso a cada uno y luego, todos juntos, se dirigieron hacia el aula de quinto año, donde los estudiantes desplegaron su talento como periodistas y entrevistaron a Vera durante más de una hora. Aquí, una muestra de todo lo que conversaron con esta Madre de Plaza de Mayo, cuya única hija, Franca Jarach, está desaparecida desde el 25 de junio de 1976.

Fátima: ¿Cómo se reacciona ante una situación tan dolorosa? 

Hay situaciones que no solo son tristes, sino también peligrosas. En la época de la Dictadura empezamos a buscar la verdad. Con las madres ya nos conocíamos desde mucho antes de ser las Madres de Plaza de Mayo porque íbamos a los mismos lugares a preguntar por nuestros hijos desaparecidos. Las preguntas eran muy escuetas y las respuestas, muy dolorosas. Había un enorme silencio.

Teníamos un permiso: a la Casa Rosada podíamos ir a preguntar por el paradero de nuestros hijos solo una vez por mes. En mi caso, recuerdo dos conversaciones. En una, me preguntaron: “¿Su hija que edad tiene?”. Les dije que tenía 18 y me volvieron a preguntar: “¿Era una chica linda?”. Les dije que sí y me respondieron: “Entonces, señora, es la trata. Las secuestran y las mandan a otro país para ser prostitutas”. Imagínense cómo una madre puede recibir una respuesta de este tipo. En otra ocasión, me dijeron: “No se preocupe tanto, haga de cuenta que su hija está de vacaciones”.

Este silencio estaba en todo el país y en el exterior también. Recurríamos a las embajadas y las grandes organizaciones internacionales que se ocupan de los derechos humanos para pedir ayuda, pero el resto de los países también guardaba silencio. Era un silencio cómplice porque había intereses. Eso fue muy doloroso para nosotras. Cada tanto, liberaban a alguno que había sido secuestrado y entonces nos enterábamos de las cosas terribles que estaban pasando.

Lo importante fue unirse y tratar de hacer algo en común. Darnos el brazo para hacer la ronda nos dio una fuerza enorme. El coraje de afrontar lo que estábamos viviendo y hacer lo que teníamos que hacer, que no era ningún tipo de heroísmo porque venía de nuestras vísceras. Una madre necesita saber dónde está su hijo y eso era lógico y natural. Superaba cualquier tipo de duda. Lo peor, cuando uno tiene miedo, es inmovilizarse. Hay que moverse con las manos y con los pies, pero también con el cerebro.

Camila: ¿Cuál es el origen de tu apellido?

Soy italiana; llegué a la Argentina a los 11 años. Cuando salieron las leyes raciales contra los judíos en Italia, yo tenía 10. Ahora tengo 90. Las leyes raciales fueron leyes del fascismo italiano, que imitaba las leyes de los nazis, por lo cual era muy peligroso estar en Italia. De hecho, fue mi mamá la que convenció a mi papá de irnos. Al que no logró convencer fue a su papá, mi abuelo, que se quedó allá porque pensó que no iba a pasar nada. Al final, mi abuelo fue deportado a Auschwitz, un campo de exterminio nazi. Ahí lo mataron y no hay tumba.

En la Argentina, mi vida fue normal. Fui al colegio y a los 15 me enamoré del que iba a ser el compañero de toda mi vida. Cuando terminé el secundario, enseguida empecé a trabajar y tuve la suerte de convertirme en periodista, un oficio lindísimo al que dediqué 40 años. Después sucedió la tragedia del secuestro de Franca. A ella le tocó la ESMA, otro campo de concentración. Estuvo allí menos de un mes, porque necesitaban espacio para más detenidos. A la mayoría de los que estuvieron ahí los mataron en “los vuelos de la muerte”. Otra cosa en común con la historia de mi abuelo es que tampoco hay tumba. Esto demuestra que la historia tendría que enseñarnos muchas cosas. Lamentablemente, nos enseña poco, pero algo que sí deberíamos aprender es que estas cosas se repiten. Se repiten las tragedias y los silencios tan dolorosos.

Enzo: ¿Qué pasó cuando hablaste con Ángela Merkel?

Ahí me atreví. Yo formo parte del consejo del Parque de la Memoria. Merkel llegó con la directora del Parque y yo ya estaba decidida a hablarle de negacionismo. Me hice un cartelito que decía “30.000” y cuando apareció le di la bienvenida y le dije: “Yo soy una judía italiana; me salvé porque vine a la Argentina, pero mi abuelo se quedó allá y hoy no tiene tumba. Mi hija tampoco tiene tumba. El negacionismo fue una cosa muy mala, tanto en Europa como en la Argentina. Desde que tenemos este Gobierno, se levantan voces negacionistas”.

También le dije que en Alemania hay un personaje que se llama Darío Lopérfido, quien hoy afirma que los desaparecidos no son 30.000. Le expliqué que queremos que nos informen sobre cada uno de los desaparecidos, porque hay muchas familias que no saben el destino final de sus hijos y que también queremos saber dónde están los nietos que las abuelas buscan. Por último, le dije: “Además de verdad, justicia y memoria, yo tengo una cuarta consigna, que es ‘Nunca más el silencio’, y se lo digo también a usted”.

Después, ella me acompañó al muelle donde se arrojan las flores. Ahí me preguntó por Franca y noté un interés más humano en ella. Tuve la sensación de que estaba conmovida, pero nunca hubiera esperado la reacción que tuvo después, cuando escribió “Son 30 .000 y esa fue una de las peores dictaduras de América Latina”.

Mabel: ¿Cómo era Franca?

Maravillosa. Demostraba un interés y una capacidad muy fuertes en muchos campos. Tenía una enorme sensibilidad y muchos ideales de justicia social. A los 13 años, fue la representante de su división en el centro de estudiantes. Era una persona que preguntaba y discutía con los profesores. Tener espíritu crítico y no dejarse llevar nunca por una sola voz es algo muy bueno. Siempre hay que escuchar, reflexionar y formular las propias ideas. Ella era la abanderada del colegio, que la recuerda mucho. En mayo de 2017, la institución celebró sus 150 años e hicieron un mural en su honor.

Lautaro: ¿Cómo hizo para superar el dolor?

Eso no se puede superar. Hay heridas que no cierran o cicatrizan mal y, a veces, se reabren en ciertas circunstancias. Frente al gran dolor, cada uno tiene su manera de actuar. Pienso que, en la medida en que uno hace algo y no se abandona a la desesperación, reacciona. Nosotras tuvimos la suerte de formar Madres de Plaza de Mayo. Fue Azucena Villaflor –a quien poco después asesinaron– la que un día dijo: “Basta de ir a todos lados a preguntar, tenemos que ir a la Plaza de Mayo”. Eso fue muy importante para nosotras porque, de cierta manera, creamos un movimiento de resistencia.

Hubo otros movimientos de resistencia que deben ser recordados, como el teatro, la música y las artes de esos tiempos. La prensa, en cambio, en general fue un desastre. La excepción fue Rodolfo Walsh. Él creó una agencia clandestina, ANCLA, que llegaba a donde tenía que llegar. También hubo un diario extranjero bastante valiente, el Buenos Aires Herald, que se publicaba en inglés. Las personas que logran ayudar y salvar vidas en esas situaciones tan trágicas son las justas que, a riesgo de su propia vida, salvan vidas o resisten.

Brenda: ¿Por qué cree que, cuando hay que denunciar algo, es mejor hacerlo junto con otros y no individualmente?

Porque da muchísima fuerza. Con las ideas y la imaginación que cada cada uno tiene aparecen las mejores estrategias.

Alejandro: ¿Quiénes fueron las personas más importantes en tu vida, además de tu marido?

Mis amigos. Mi marido fue mi mejor compañero, pero en la vida hay una cosa muy importante, que son las amistades. Las mías nacieron en la adolescencia y se conservaron durante toda la vida. Mi familia llegó a la Argentina junto con muchas otras familias de distintas ciudades de Italia y nos hicimos todos muy amigos. Cuando la Segunda Guerra terminó, la mayoría volvió a Europa, pero igual mantuvimos la amistad. En aquella época, no había e-mails. Nos escribíamos cartas largas en un papel que era casi transparente. Cuando desapareció Franca, mis amigos trataron de ayudarnos. También fueron muy importantes las amistades con las Madres, que son como hermanas mías, una riqueza enorme en mi vida. Es difícil explicar, pero ustedes lo pueden comprender.

Priscila: ¿Que actividades hacen actualmente las Madres y las Abuelas?

Yo pertenezco al grupo de Madres Línea Fundadora. Hacemos muchas cosas. Una tiene que ver con la ESMA, en donde funciona una escuela popular de música, un sueño que pudimos concretar gracias a la Asociación Música Esperanza y la Universidad Nacional de la Plata, que tiene una tecnicatura en música. También armamos grupos para la defensa de los derechos humanos.

Desde que está este Gobierno, que es legítimo, nos juntamos todos los organismos y, superando las diferencias y en distintas situaciones, hacemos lo que se puede, que no es mucho, pero algo es. Tratamos de reaccionar a tiempo. Cuando la Corte Suprema aplicó el “2 x 1″, reaccionamos inmediatamente, porque la justicia es necesaria. Organizamos un acto y ahí ya no éramos solamente nosotras, fue una pueblada increíble. El pueblo, las familias y esta cosa de los pañuelos, que no lo inventamos nosotras y nunca nos hubiéramos imaginado que la gente se pondría un pañuelo. Pero bueno, alguien lo propuso y la plaza se cubrió de pañuelos. Fue una reacción fuertísima y tuvieron que echarse atrás.

Tenemos un Gobierno que cada vez más nos dice: “¿Por qué no se reconcilian? ¿Por qué no perdonan?”, y nosotras no nos reconciliamos y no perdonamos. Primero porque nadie nos pidió perdón nunca. Nosotras no podemos perdonar y necesitamos la justicia. Ninguna hizo justicia por sus propias manos, porque eso está mal. La justicia debe venir de los tribunales.

Lalo (profesor): ¿Cómo supiste que Franca estuvo un mes en la ESMA?

Me lo contó una mujer que estuvo allí junto con su compañero. A él lo mataron y a ella la liberaron. Veinte años después, se acercó a la sede del Equipo Argentino de Antropología Forense, que reúnen muchísima información, a relatar los que había vivido. Entonces me llamaron y me dijeron “Parece que hay una persona que va a contar algo”. Un año después, me encontré con ella y le agradecí muchísimo que me contara la verdad, por más cruda que fuera. Me dijo que había visto a Franca, que habían conversado y que estaba entera aunque había pasado por la tortura, como todos. Incluso que había conservado el sentido del humor y que pensaba que la iban a liberar. Después me contó que la habían tirado en los vuelos de la muerte.

Cuando supe que ella había estado ahí solo un mes, pensé: “Bueno, es terrible, pero menos mal que fue poco tiempo. Hubo personas que estuvieron allí años y padecieron cosas atroces”. En la ESMA había un teléfono y nosotros recibimos un llamado de Franca a los 15 días de su desaparición. Contestó mi marido y lo grabamos. Primero empezó hablando en italiano, después le decían que hablara en castellano. Dijo: “Estoy en Seguridad Federal”, lo cual no era verdad porque mi marido fue al otro día a buscarla y no estaba allí. “Me dan de comer; me dan abrigo; si me enfermo, me dan remedios”. La intención de esos llamados era que los familiares no se movieran.

Juan (profesor): Así como el Estado persiguió a la generación de Franca, hoy la policía persigue a los chicos y hay muchos que han sido asesinados o desaparecidos. ¿Qué podemos hacer para frenar eso?

Siempre tiene que prevalecer la razón pero también el sentimiento. Algo hay que hacer. Y ese algo puede unificarse de distintas maneras. Cuando no hay otra cosa y se cierran puertas, ¿qué queda? La calle, la plaza. Hay que manifestarse. De hecho, la Constitución lo permite. Peticionar a las autoridades, hacer asambleas. Después, hay situaciones en las que la represión puede ser muy violenta. Entonces, ¿qué se puede hacer? Tenemos el derecho y el deber de participar como ciudadanos cuando hay injusticias o crímenes de lesa humanidad. Podemos denunciar y proceder con la razón y con las herramientas que tenemos, que no son armas: son estrategias. Buscar estrategias para manifestarnos en la calle. Nunca hay que responder con más violencia y, mucho menos, utilizarla como método. La violencia está mal siempre. La otra cosa importante es que, en cada momento de la vida de uno, hay que pensar y no dejarse llevar nunca por fanatismos, porque el fanatismo es lo contrario del espíritu crítico.

Martín (director): Si tuvieras que darle un mensaje de esperanza a los alumnos de nuestra escuela, ¿qué les dirías?

La esperanza es fundamental, pero no basta, hay que hacer algo con esa esperanza. Cuando uno se da cuenta de que hay algo que no va bien, que es peligroso o que ocurren cosas graves, no hay que abandonarse. No hay que perder nunca la voluntad. El político y filósofo italiano Antonio Gramsci decía: “Yo soy pesimista con la razón y optimista con la voluntad”. La esperanza no hay que perderla nunca pero algo tenés que hacer para que esa esperanza te lleve a buen puerto. Y eso es para todas las situaciones, grandes y pequeñas. Siempre hay una posibilidad de hacer algo. Eso yo lo dejaría como legado, porque en mi vida y en la vida de muchos eso fue fundamental.


Un comentario

  1. Andres J. Kreiner dice:

    Un orgullo esta entrevista de los estudiantes con Vera Jarach. Como siempre la esperanza esta en buena medida en los jovenes, que son los que tienen la posibilidad de modificar el futuro. Los felicito!

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