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“En los próximos 50 años, vamos a usar la nanotecnología para todo”

A un año de la creación del Instituto de Nanosistemas, Galo Soler Illia habla de su trayectoria como investigador científico, explica el carácter interdisciplinario de la nanotecnología y cuenta qué significa ser el segundo decano más joven de la UNSAM.

Texto y fotos: Alejandro Zamponi

Si cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, como decía Arthur Clarke, no es de extrañar que los productos de la nanotecnología parezcan ciencia ficción. La manipulación de la materia en una escala nanométrica promete purificar lagos con millones de burbujas invisibles al ojo humano, producir telas inteligentes, curar enfermedades como el cáncer y mucho más.

Galo Soler Illia es doctor en Química y realizó un posdoctorado en nanomateriales en la Universidad de Paris VI. Actualmente, se desempeña como decano del Instituto de Nanosistemas (INS) de la UNSAM; además, es investigador principal del CONICET y asesor de la Fundación Argentina de Nanotecnología. Por sus investigaciones, recibió numerosas distinciones, entre las que se destacan dos premios Bernardo Houssay y un Konex de Platino. Recientemente, fue designado académico titular de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (ANCEFN), cargo que comparte con otros 34 colegas, y que, en su momento, también tuvieron los tres premios nóbeles argentinos Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein.

En su rol de divulgador, Soler Illia suele presentar la nanotecnología como un mundo con leyes propias en el que los objetos son un millón de veces más pequeños que un milímetro y obedecen a una mezcla de todas las leyes conocidas por las ciencias físicas: el nanomundo. “En los próximos 50 años vamos a usar la nanotecnología para todo. El control de la materia en la escala de los nanómetros generó una nueva revolución científico-tecnológica que permite modificar todas las tecnologías existentes e ir más allá”, explica.

Durante su formación en química en los años 90, Soler Illia se acostumbró a trabajar con moléculas y partículas, que, si bien eran muy pequeñas, podían observarse con los microscopios electrónicos de la época, menos sofisticados que los actuales. En esos años, la nanotecnología no existía tal como la conocemos, y los instrumentos para estudiar la materia a escala nano, tampoco. “Descubrí que hacía nanotecnología cuando el microscopio más potente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, con hasta 30.000 aumentos, no daba para más”, revela. Recuerda que entonces le dijo a su director de tesis y maestro Miguel Blesa que tenían que existir partículas más pequeñas que las que había sintetizado. “Completé mi tesis con ayuda de métodos indirectos, pero tiempo después accedí a microscopios de fuerza atómica y confirmé que el material que había sintetizado estaba compuesto por agregados de nanopartículas”, afirma.

Panelista del programa de televisión Científicos Industria Argentina desde hace 10 años, autor de tres libros de divulgación científica y orador invitado en importantes conferencias, Soler Illia advierte: “La divulgación es importante, sobre todo en un campo tan nuevo, pero lo que realmente me apasiona es ser investigador: lo llevo en la sangre”, sostiene.

Sus investigaciones le permitieron publicar más de 125 artículos científicos en revistas internacionales y ser uno de los 25 científicos argentinos más citados de acuerdo al buscador académico Google Scholar y a la mayor base de datos del mundo sobre publicaciones científicas, Scopus. Consultado sobre el volumen e impacto de su producción científica, Soler Illia responde con una visión interesante y comparte su estrategia de gestión al frente del INS.

 

¿Cómo hizo para ser uno de los 25 científicos argentinos más citados?

Cuando empecé a estudiar estaba de moda la biotecnología. La química de materiales era un campo más nuevo, en el que, si bien se sabía cómo producir materiales en la práctica, no había un conocimiento profundo de cómo eran los procesos químicos involucrados. Miguel Blesa me enseñó que no hay que publicar 10.000 artículos; hay que publicar artículos buenos, que sirvan como referencia y que puedan citarse. La misión es hacer avanzar la ciencia; la publicación es un medio, no un fin. Entonces, doy prioridad a temas originales o maneras originales de encarar un tema. Cada una de nuestras publicaciones es un ejemplo de cómo hacer materiales complejos en forma racional: óxido de titanio, de cerio, de circonio, de silicio, con metales… Explicamos cómo les poníamos moléculas afuera, adentro, los hervíamos, pintábamos su superficie… Aprendimos mucho, con ideas muy amplias sobre las posibles vías químicas para la fabricación de nanomateriales. En los últimos años, trabajé en particular con materiales porosos y arquitecturas inteligentes.

¿Qué es un nanosistema o “arquitectura inteligente”?

Cuando recién se empezaba con este campo, los investigadores estaban enfocados en las propiedades de los nanomateriales. Ahora vamos más allá: sabemos que cada poro de un material es un mundo y estamos conociendo las fuerzas que lo gobiernan para crear un hábitat y poner muebles en esa arquitectura, por así decirlo. El resultado no es un material, sino un sistema nanométrico o nanosistema con componentes ensamblados a medida para que liberen medicamentos de manera controlada u otras propiedades regulables y, eventualmente, inteligentes.

Llama la atención la cantidad de colaboradores involucrados. ¿A qué se debe este poder de convocatoria?

Hemos llamado a mucha gente para que colabore con nuestros proyectos. Me parece fundamental estar al frente de la investigación que hacemos, sobre todo en un país periférico como el nuestro. Estoy orgulloso de haber generado una agenda de investigación desde el grupo que, en su momento, fundé y dirigí en la CNEA. Para entender a fondo lo que uno no sabe, hay que juntarse con los mejores, con los que más saben. Si lo que busco es caracterizar la pared de un material, tengo que hablar con la persona que es capaz de desarrollar una técnica para que esa pared sea analizada con la mayor precisión posible en el menor tiempo posible. Entonces, buscamos colaboraciones de grupos expertos y con competencias totalmente distintas a las nuestras. Eso tiene que ver con que la nanotecnología es esencialmente interdisciplinaria. Yo soy químico inorgánico; cuando necesito meter algo orgánico en un poro, busco a alguien como Omar Azzaroni, del INIFTA, que diseña polímeros que responden a estímulos como luz, calor o la presencia de iones; cuando quiero ver qué pasa en la superficie de ciertos materiales, trabajo con Federico Williams, del INQUIMAE, que desarrolla ciertas técnicas espectroscópicas que rascan la superficie de un material y me dicen exactamente qué composición tiene con aportes de perfiles de concentración. Cuando trabajo con gente de la bioquímica o de la biología, trabajo con grupos de la CNEA, con Martín Bellino o Paolo Catalano, o con Martín Desmone, de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ellos tienen todo el conocimiento y equipamiento necesario para comprender el comportamiento de células depositadas sobre nanomateriales. Recurrimos a Damián Scherlis o a Mario Tagliazucchi, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) para desarrollar la teoría que nos permita comprender la complejidad. Es impresionante cómo enriquecen estas colaboraciones y cómo nos permiten avanzar de manera impresionante sobre la frontera del conocimiento.

¿Qué es el Instituto de Nanosistemas?

La misión del INS es hacer investigación de alta calidad e impacto en las fronteras de la ciencia y formar los mejores recursos humanos en nuestra universidad. Además de definir líneas de investigación, armar equipos de trabajo e interactuar con empresas, también estamos desarrollando educación de grado en ciencia y tecnología. En colaboración con la Escuela de Ciencia y Tecnología de la UNSAM, queremos generar licenciaturas y maestrías en ciencias a partir del año que viene. Vamos a lanzar un doctorado en nanotecnología; probablemente, una maestría también.

¿Qué estrategias tiene el INS para cumplir con su misión de investigación?

Nuestra estrategia es armar los equipos de trabajo en función de lo que deseamos y de lo que creemos que puede tener impacto en áreas nuevas, lo que nos va a permitir diferenciarnos. Salimos a buscar gente joven con empuje, con experiencia en el exterior, en laboratorios competitivos. La evaluación es en base a entrevistas y antecedentes. Lo hago personalmente y me ayudo con referentes o con colegas que me asesoran. Por el momento, tenemos pensada un área de síntesis de nanomateriales y otra de caracterización integral, que no existe en el Área Metropolitana de Buenos Aires. También seleccionamos áreas que están subrepresentadas y que son interesantes por sus aplicaciones: nanoópticas y nanobiotecnología; con este método, ya incorporamos a otros cuatro investigadores. Y seguimos creciendo, con científicos argentinos que están en diferentes partes del mundo y que planean instalarse en el INS. Son todos jóvenes que han publicado sus artículos en revistas internacionales y han armado líneas de investigación. Sabemos que lo más valioso son los recursos humanos. Seleccionamos candidatos con excelente formación, pasión y compromiso. Si los dejamos trabajar libremente, dejándolos generar proyectos, las cosas salen.

Es el segundo decano más joven de la UNSAM. ¿Eso está vinculado a lo nueva que es la nanotecnología como disciplina?

No creo. Tengo la suerte de haber hecho una carrera joven, gracias al trabajo y el sacrificio, pero además hay un hueco de investigadores argentinos de entre 45 y 55 años, que son los que vieron lo que pasó durante el menemismo. Mientras nosotros nos formábamos, los que eran de generaciones anteriores tuvieron que emigrar porque el sistema científico argentino estaba en crisis y no les daba oportunidades para ingresar a la carrera en el CONICET. Yo represento a una generación que pudo entrar, pero que también tuvo la oportunidad de formarse afuera y volver y establecerse. A la gente que es un poco más grande le costó más o directamente no pudo. Ahora tenemos la oportunidad de articular nueva ciencia y tecnología en nuestro país.

¿Qué importancia le dedican a la transferencia?

Estamos muy interesados. En este momento, tenemos un proyecto PRIS (Proyecto Regional Integrado) con la Unión Europea en el que estamos desarrollando un método para detectar contaminantes en campo con nanopartículas. Otro proyecto es con Y-TEC sobre energías alternativas para el aprovechamiento de la luz solar. Hay otro proyecto con el que buscamos producir nanopartículas a partir de residuos. Son proyectos de investigación y desarrollo con la industria. Hemos tenido un montón de acercamientos, pero el clima es de mucha cautela a la hora de invertir. Además, acabamos de obtener un crédito ARSET de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, con el que financiaremos equipamiento de laboratorios. Esto nos permitirá generar una estructura para ofrecer servicios a la industria. Somos optimistas; creemos que este vínculo nos va a acercar para poder realizar proyectos más ambiciosos y comerciales, que generen nuevas tecnologías y, por lo tanto, riqueza.

¿Qué perspectivas tienen para los próximos años?

En 2017, esperamos mudarnos al nuevo edificio, que ahora está en construcción en el Campus. Mientras tanto, seguimos creciendo. A fin de año esperamos tener siete u ocho investigadores del CONICET, con lo que podríamos hacer un instituto de doble dependencia y acceder a más fondos para personal e infraestructura. En 2018, deberíamos contar con unos 10 grupos de investigación para comenzar a funcionar a toda máquina. Nuestra idea es, sobre la base científica que estamos armando, crear espacios de investigación UNSAM-industria, que permitan a nuestros alumnos e investigadores jóvenes un contacto directo con los problemas reales de las empresas y generar soluciones basadas en nanotecnologías.

Nota actualizada el 29 de agosto de 2016

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