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Delia Giovanola, Honoris Causa: el título que le faltaba

Es una de las 12 fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Recuperó a su nieto después de 39 años, pero su lucha sigue: con 95 años, es un faro en la defensa de los derechos humanos. Vecina de San Martín, educadora en el territorio, desde el miércoles Delia es también doctora Honoris Causa por la UNSAM.

Por Alejandro Zamponi. Foto de portada: Teresa Pérez

“Hola amigos y amigas. Mi nombre es Delia Giovanola y soy una abuela de Plaza de Mayo”, se presenta frente a la cámara de su notebook, en el contexto de la pandemia. Tiene 95 años, casi un siglo, y una lucidez y vitalidad increíbles. Hasta 2020, Delia asistía semanalmente a las reuniones de la Comisión de Abuelas y se  abrazaba con muchos de los nietos recuperados que las acompañaban. A veces, sus compañeras la retaban porque estaba con el celular en la mano en las reuniones. Hoy deben estar agradecidas de que Delia se lleve tan bien con la tecnología y de que administre sus cuentas de Facebook, Instragram y Whatsapp. En un video publicado en el perfil de Twitter de Abuelas, Delia dice: “Ahora desde nuestras casas necesitamos la ayuda de ustedes pues seguimos buscando a los nietos y nietas que aún nos faltan”.  

Su nieto Diego Martín Ogando fue uno de los 500 nietos y nietas nacidos en cautiverio durante la dictadura cívico militar de 1976-1983, de acuerdo a la reconstrucción de Abuelas de Plaza de Mayo. Hace más de 20 años que vive en Estados Unidos, pero habla frecuentemente con su abuela: recuperó su identidad en 2015, después de 39 años. Delia recuerda que volaba como una libélula cuando corría al teléfono para saludarlo por primera vez. Desde aquella charla telefónica inicial, interrumpida y emocionada, abuela y nieto hablan todos los días. “Hola, abu! ¿Cómo estás? ¿Cómo es tu día hoy?”, le escribe Martín cada mañana. Ella cuenta a quien quiera escucharla que es el mejor nieto que pudo haber imaginado.

Ya vacunada con la primera dosis de la Sputnik V, el día a día de Delia transcurre en su departamento en Villa Ballester, en San Martín. Cálido y repleto de retratos familiares. Uno de ellos es un cuadro enorme con una postal imaginaria que reúne al joven matrimonio desaparecido conformado por su hijo Jorge Ogando y su nuera Stella Maris Montesano, a los hijos de ese matrimonio, Virginia y Martín, y a Delia, con la sonrisa que iluminó su rostro cuando supo que había recuperado a su nieto Martín. Ese reencuentro no sucedió porque Virginia se suicidó en 2011. De ahí que Delia sienta que buscando a un nieto, perdió una nieta. 

Sobre su nieta, Delia dijo en una entrevista: “Fue una fiel compañera y amiga. Tuvimos una relación madre-hija increíble. No fue lo buscado, fue lo que nos salió. Ella era hermosa, estaba siempre rodeada de amigos y cuando decidió buscar a su hermano, tras años de permanecer en silencio, lo hizo con todo. Virginia lo buscó donde le fue posible. Y tanto lo soñó”.

Delia no se considera una heroína. “Cualquier madre hubiera salido como lo hice yo, como lo hicimos todas”, dijo en varias ocasiones. Lo cierto es que aunque hubieron casi 30 mil madres de desaparecidos, ella fue una de las doce fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo y una de las primeras en comenzar a manifestarse en la Plaza.

Antes de ser abuela de la Plaza de Mayo, Delia hizo carrera como maestra en la escuela pública. En 1945 había empezado a ejercer en distintas escuelas de La Plata y en 1946 se casó con Jorge Narciso Ogando, quien había sido su novio desde los catorce años y con quien tuvo su único hijo, Jorge Oscar Ogando, el 28 de noviembre de 1947.

Durante sus años de docente fue, de alguna manera, la maestra del barrio. La escuela donde trabajaba quedaba en la esquina, así que su casa era una especie de continuidad del establecimiento: “Mi hogar era una sucursal de la escuela. De hecho, la propia Stella Maris, que terminó casándose con mi hijo, había sido alumna mía cuando tenía 5 años. La mamá me la trajo a casa junto con su hermana melliza, Lili, porque quería que aprendieran a leer y escribir para adelantarlas un grado. Fue realmente maravilloso porque fue increíble lo que aprendieron”, contó.

En 1963, cuando su hijo tenía quince años y Delia era maestra de grado en la Escuela N.º 11 de La Plata, falleció su marido. Durante un tiempo, sola al cuidado de su hijo, Delia mantuvo tres empleos, como docente y como secretaria en el Instituto de Previsión Social. Además comenzó a estudiar Bibliotecología en el Instituto Superior de Bibliotecología y, ya recibida, se casó con Pablo Califano en 1968. Se fueron a vivir a Villa Ballester y empezó a ejercer de bibliotecaria en una escuela. En 1971 fue ascendida a vicedirectora de la Escuela N.º 80 de José León Suarez y, al cabo de dos años, a directora de la Escuela N.º 44.

Ese vitalidad que Delia mostró para afrontar la temprana muerte de su primer esposo está presente también en su etapa más reciente: a los 84 años, se animó a hacer rappel —un sistema de descenso por superficies verticales utilizando técnicas de cuerdas— y también manejó lanchas. Todo sin perder el sentido del humor: “Estoy en peligro de extinción”, bromeó en una entrevista.

La historia de lucha que la hermanó con otras madres y abuelas y que es reconocida por instituciones como la UNSAM comenzó con un llamado telefónico en 1976. Delia lo recuerda así: “Ese octubre del ‘76 me llama por teléfono a la escuela la hermana melliza de Stella y me dice: ‘Delia, se llevaron a los chicos’. No tenía la menor idea de qué me hablaba. ¿Quién los llevó? ¿Dónde? ¿Cómo? Era una pregunta tras otra. Y cada vez era peor la respuesta: terminé gritando y llorando en la dirección de la escuela. No entendía nada ni sabía nada. Yo hacía mucho que ya no vivía en La Plata, en la ciudad siempre hubo movilización estudiantil, eso lo viví toda mi vida. Pero acá en Ballester yo vivía en otro mundo, no existían las universidades, las luchas estudiantiles, nada. Y no entendía qué pasaba”.

El grupo de tareas que secuestró e hizo desaparecer a su hijo y su nuera embarazada de ocho meses dejó a la niña de tres años del matrimonio, Virginia, en su cuna. La hermana melliza de Stella recogió a la niña y llamó a Delia, que viajó a la Plata y buscó hablar con los vecinos. Después de toparse con silencios y puertas que se cerraban, Delia volvió a Villa Ballester con su nieta. Al año siguiente se jubiló para dedicarse a la crianza de Virginia, junto con su esposo. Aunque intentaba no llorar delante de su nieta, una noche mientras la acunaba para dormirla, la niña le preguntó: “¿Abuela, hoy no llorás?”.

La lucha

En 1976 la situación de indefensión e impotencia de los familiares de las personas desaparecidas era extrema: casi ninguna democracia del mundo, ni la Iglesia católica, de gran influencia en el país, o las organizaciones internacionales humanitarias, estaba dispuesta a condenar las atrocidades cometidas por el régimen cívico-militar y, por el contrario, en algunos casos cooperaban con la represión ilegal. Tampoco era posible recurrir al sistema judicial, ya que los jueces argentinos rechazaban sistemáticamente los recursos de habeas corpus.

En ese contexto, un grupo de madres, padres y familiares de los desaparecidos inició un movimiento de resistencia no violenta, que se volvería histórico. Pero al principio, Delia buscó a su hijo y nuera durante varios meses sin apoyo de nadie. Recorrió hospitales, comisarías y juzgados. Adela Atencio buscaba a su único hijo desaparecido y se contactó con ella. Le contó que había mujeres que se reunían en Plaza de Mayo. Delia no creyó que sirviera de algo, pero la insistencia de aquella mujer pudo más y a fines del 76 partieron juntas a la histórica plaza. Ese primer día, conoció a Azucena Villaflor, madre fundadora, secuestrada y desaparecida por el genocida Alfredo Astiz. “Éramos un grupo de cuatro o cinco mujeres. Azucena tenía un block oficio en el que anotaba todos los datos, de los chicos, de dónde se los habían llevado, fechas, todo. Me sentí acompañada. A partir de ahí fue una necesidad ir cada jueves”, contó Delia.

Para llamar la atención, las mujeres decidieron cubrirse el cabello con un pañal de tela blanco.​ El grupo recibió rápidamente el nombre de Madres de Plaza de Mayo y por su sola presencia comenzó a ejercer presión nacional e internacional sobre el destino de las personas que desaparecían en la Argentina. Inicialmente, el régimen militar intentó explicar la presencia de esas personas caminando alrededor de la pirámide sosteniendo que se trataba de “locas”.

En octubre de 1977, Delia recibió la invitación de Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, “Licha”, también participante de las rondas de las Madres, para formar un grupo especial de abuelas buscando a sus nietos desaparecidos. Ella y otras once mujeres fundaron entonces la Asociación de Abuelas de Plaza de Mayo, destinada a buscar a los nietos que estaban creciendo durante la búsqueda de sus padres.

Las doce madres-abuelas fundadoras fueron: María Isabel Chorobik de Mariani, Beatriz H. C. Aicardi de Neuhaus, Eva Márquez de Castillo Barrios, Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, Vilma Delinda Sesarego de Gutiérrez, Mirta Acuña de Baravalle, Haydee Vallino de Lemos, Leontina Puebla de Pérez, Delia Giovanola de Califano, Raquel Radio de Marizcurrena, Clara Jurado y María Eugenia Casinelli de García Irureta Goyena. Licha Zubasnabar fue su primera presidenta. Inicialmente adoptaron el nombre Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, pero en 1980 terminaron organizándose legalmente con la denominación por la que ya eran públicamente reconocidas, Abuelas de Plaza de Mayo.

Este subgrupo de Las Madres comprendió que la situación de los niños secuestrados por las fuerzas de seguridad era diferente de la de sus padres y que hacían falta estrategias y metodologías específicas para recuperarlos. “Buscar a sus nietos sin olvidar a sus hijos”, fue la consigna que las agrupó.​

Durante la dictadura militar y a pesar de los riesgos, las Abuelas de Plaza de Mayo iniciaron una tarea detectivesca para localizar a sus nietos sin abandonar la búsqueda de sus hijos, a la vez que emprendieron una acción de sensibilización nacional e internacional acerca de los niños desaparecidos y el robo de bebés.

Delia asistía a la Plaza de Mayo con Virginia. “No tenía con quién dejarla, estábamos muy solas, su padre era hijo único. Ella jugaba con las palomas. Hasta que se empezó a poner bravo, los militares nos amenazaban con las armas, y dejé de llevarla”, contó.

Cuando Virginia cumplió 18 años, comenzó a interesarse en la historia de sus padres y a acompañar a su abuela activamente en la búsqueda de Martín. Tuvo dos hijos y trabajó en la secretaría de Derechos Humanos del Banco Provincia. Durante años participó del activismo de Abuelas y de HIJOS, y le escribió cartas a su hermano desaparecido hasta que en 2011 se suicidó.

Una vez recuperada la democracia el 10 de diciembre de 1983, las Abuelas promovieron la utilización de los últimos adelantos genéticos para establecer un sistema de identificación de los nietos apropiados sin antecedentes en el mundo y presionaron para que el Estado enjuiciara a los responsables de los secuestros de los niños considerándolos parte de un plan represivo.

El encuentro

El 5 de noviembre de 2015, Abuelas de Plaza de Mayo encontró a Martín, el nieto de Delia. Martín tiene dos hijas, vive en el exterior desde el año 2000 y se había presentado en marzo de 2015 en Abuelas en búsqueda de su identidad. La sangre de Virginia en el Banco Nacional de Datos Genéticos sirvió para cotejar que Martín era nieto de Delia con un 99,99 % de probabilidad. Delia dijo estar feliz por haber cumplido su promesa tras la desaparición de su hijo y poder decir ahora «misión cumplida». También dijo que la mano de Virginia la «guiaba permanentemente» y que no solo había cumplido con Martín sino también con ella. También dijo estar viviendo un sueño, con su nieto abierto a una entrega total y las nenas de Martín llamando a la abuela.

Martín, que fue criado como Diego Berestycki, siempre supo que era adoptado. Su padre era un comerciante que no podía tener hijos y que pagó por el recién nacido en 1976. Siempre hablaron sobre eso. Además, Diego Martín contó que creció escuchando el slogan “si tenés dudas de tu identidad y naciste entre el ‘75 y el ‘80 presentate a Abuelas”. Tras la muerte de sus padres, se presentó de manera espontánea. Lo atendió una muchacha que, en cuanto vio su partida de nacimiento, dijo: “Esta partida es trucha”.

Diego Martín Ogando, como se llama ahora, quiso hablar con su abuela en cuanto le confirmaron la noticia. “Hola, Martín”, dijo Delia. Hubo un silencio hasta que se dio cuenta y le preguntó si estaba bien que lo llamara así. Él le respondió: ‘Podés llamarme como quieras, me buscaste 39 años”.

Los reconocimientos a Delia son múltiples. Uno de los más recientes es el realizado por el Municipio de San Martín, que inauguró el Centro de Cuidado Infantil Abuela Delia Giovanola, dedicado a los niños y niñas de 1 a 3 años de los barrios 9 de Julio y Villa Lanzone. Fue en 2019 y Delia dijo: “A los 93 años, ser agasajada de esta forma me supera. Estoy muy emocionada, lo siento como una recompensa a mis años de docente y un reconocimiento por ser una Abuela de Plaza de Mayo”.

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Nota actualizada el 23 de marzo de 2021

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