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Alejandro Ariel González: “Occidente arrastra siglos de una actitud despectiva con respecto a Rusia”

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En octubre de 2020, el coordinador del programa Interpres de Lectura Mundi recibió el Guerrero de Oro a la Traducción que entrega el Foro Eslavo de las Artes. Fue por su aporte a la difusión de la literatura rusa clásica en el mundo hispanohablante. “El comunismo cayó hace treinta años, pero la imagen de Rusia aún no se actualizó”, asegura.  

Por Camila Flynn

“Soy un hombre enfermo… Soy un hombre malo. Soy un hombre antipático. Creo que sufro del hígado. Aunque no entiendo ni jota de mi enfermedad y no sé bien de qué sufro.” Así comienza Fiódor Dostoievski su Memorias del subsuelo (1864), una obra clave de la literatura rusa que Alejandro Ariel González tradujo en 2006 para Editorial Colihue con una precisión filológica que muchxs celebraron.

Casi quince años después, González fue reconocido por el Foro Eslavo de las Artes con el premio Zolotói Vítiaz, galardón creado en 1992 para el mundo del cine que luego fue sumando producciones destacadas de los ámbitos del teatro, la música, la literatura, las artes plásticas y, ahora también, de la traducción.

En su edición 2020, el Foro recibió 188 obras y candidaturas provenientes de Rusia, Argentina, Armenia, Bielorrusia, Bulgaria, Italia, China, Polonia, Estados Unidos y Ucrania, entre otros. Del total de candidaturas recibidas, 52 quedaron seleccionadas como finalistas. El 15 de octubre, en la Casa del Cine de Moscú, se dieron a conocer lxs ganadorxs.

Ese mismo día, González escribió en su muro de Facebook: “Si a comienzos de los noventa, cuando descubría el cine de Andréi Tarkovski, alguien me hubiera dicho que el actor que protagonizaba La infancia de Iván y desempeñaba un papel crucial en Andréi Rubliov me entregaría treinta años después un premio por mi labor de difusión de la literatura y el pensamiento rusos, yo habría tildado ese augurio de fantástico”.

 

Sos licenciado en Sociología, pero te dedicás a la traducción científica y literaria de textos rusos. ¿Cómo llegás a este idioma? ¿En qué momento dijiste ‘el ruso es lo mío, voy a estudiarlo’?

La curiosidad y el entusiasmo de los veinte años, la eternidad de los veinte años. No hay nada en mi historia familiar que explique el vínculo con la lengua rusa. En los noventa hice la carrera de Sociología y, en paralelo, me puse a estudiar francés porque entendí que era un idioma clave para las ciencias sociales. Aprender una lengua extranjera fue apasionante. Ahí encontré una vocación.

Al mismo tiempo, también sentía curiosidad por la literatura rusa. Entonces me lancé al ruso, un idioma que me cautivó. Su funcionamiento es muy distinto al de las lenguas latinas, el inglés o el alemán. Las lenguas eslavas tienen otra estructura, además de su alfabeto. Esa complejidad fue uno de los alicientes: cuanto más se enmarañaba todo, más me interesaba, y así aprendí el idioma.

La traducción llegó después. Primero me recibí y trabajé como sociólogo hasta 2003. Fueron años muy difíciles, justo cuando cayó el bloque soviético. La derecha venía estudiando el ruso porque era la lengua del enemigo —en Estados Unidos, por ejemplo, había grandes escuelas de rusística—. La Argentina, en cambio, venía de un acercamiento más ideológico a la lengua, que en los setenta había sido estudiada por el Partido Comunista.

En mi caso, fue un acercamiento estrictamente literario. En los noventa no había dónde estudiar ruso en Buenos Aires. Había caído la Unión Soviética, había desaparecido el Instituto de Cultura que tenían en la calle Rivadavia, y entonces empecé a estudiar en el Centro Cultural Rojas con algunos jubilados. En 2003, justo cuando me estaba por quedar sin trabajo, un amigo me propuso traducir a Lev Vigotski para una editorial local. Hasta ese momento, jamás había pensado en traducir del ruso. Y le dije que sí porque necesitaba trabajar. Esa primera traducción fue ardua, casi sin internet. No había tantos sitios especializados y las búsquedas eran esporádicas. Pero la experiencia me encantó. Poco después, internet explotó.

Y al año siguiente te fuiste a vivir a San Petersburgo…

En 2005, tuve la posibilidad de viajar a Rusia para conocer el país y aprender mejor el idioma. Fui con la idea de hacer un curso de verano, pero terminé quedándome once meses. Después volví a Buenos Aires con la promesa de un trabajo en San Petersburgo. Hice los papeles y emigré a Rusia, ya para quedarme a trabajar.

Y te quedaste hasta 2014…

Hasta enero de 2014. Ocho años.

¿Cómo fue la experiencia?

Choque cultural no sentí, quizás porque llegué hablando el idioma. Por otro lado, Rusia no está tan alejada de Occidente. Después están las pequeñas cosas del día a día que, si te vas a vivir a Italia, a Grecia o a Inglaterra, también se descubren. Y, obviamente, el frío. Pero llegué preparado con ropa térmica (risas). Durante mi primer año como estudiante estuve en Petrozavodsk, una ciudad al norte de Rusia, en la parte europea, y ahí el invierno fue bravo, casi llegando a los 32 grados bajo cero. Ya después en San Petersburgo las temperaturas no fueron tan terribles.

Las primeras semanas en San Petersburgo me marcaron mucho. Es una ciudad enorme: la segunda ciudad de Rusia —no tan grande como Buenos Aires—, pero muy particular y magnética.

A grandes rasgos, ¿qué diferencia al idioma ruso del español?

Son dos estructuras distintas. Hay que aprender la estructura. Si no aprendés cómo se dicen las cosas, no podés hablar. No pasa lo mismo con otras lenguas latinas como el italiano, el francés o el portugués, o mismo el inglés, en las que un poco a los ponchazos las formas se pueden intuir porque hay un trasfondo cultural común. En cambio, en idiomas como el turco, el árabe o el ruso no hay posibilidad de adivinar. Son idiomas ajenos en los que no podés arriesgar como en las lenguas próximas, y tenés que quedarte en silencio en el medio del río mirando la otra orilla hasta que lográs entender la estructura.

¿Con qué dificultades se encuentra el hispanohablante cuando se sienta a estudiar ruso por primera vez?

El umbral es el alfabeto. Hay que pelear un poco con el alfabeto ruso [NdE: una variante del alfabeto cirílico, que a su vez está basado en el alfabeto griego con caracteres del alfabeto glagolítico y sonidos exclusivamente eslavos], pero eso dura un mes y medio, dos meses como mucho.

Después viene la gramática, que es brava porque declina en casos. El ruso tiene una estructura de lengua clásica como el griego o el latín, entonces hay que aprender a declinar e, incluso, entender algunos conceptos de gramática (qué es un caso acusativo, dativo, genitivo, etc.). Como toda lengua de declinación, en ruso la desinencia final de la palabra cambia en función del lugar asignado en la frase. Aprender esto lleva 4 o 5 años. No es lo mismo decir ‘es un coche’, ‘esto es del coche’, ‘esto es para el coche’ o ‘para los coches’. La desinencia de la palabra ‘coche’ cambia según su función sintáctica. La estructura entonces es lo más complicado, hay que armarla en la cabeza y después ponerla a funcionar.

En las redes circula un meme bastante gracioso. ¿Qué pasa con este espíritu tan dramático que en apariencia tienen los rusos? Al menos en su literatura…

 

La literatura rusa no es solo desesperación. Occidente colocó la literatura canónica rusa en un lugar que por un lado es bueno y, por otro lado, no tanto. Los lugares comunes tienen su asidero, pero también su costado absurdo. La literatura rusa está llena de obras cómicas, ligeras, ingenuas, divertidas. No todo lo que escriben los rusos está al borde del suicidio. En Occidente también hay escritores así, atormentados. Sin ir más lejos, Sábato es un escritor ruso en ese sentido.

El lugar que la literatura ocupa en Rusia hacia el siglo XIX no es el mismo que ocupa en Occidente. La literatura rusa es muy nueva en Europa y en el mundo. Aparece en el siglo XIX, cuando ya en Occidente había tradiciones literarias consolidadas —la española, la italiana, la griega, la alemana, la inglesa—. Todos tenían su Goethe, su Shakespeare, su Cervantes, su Quevedo, su Alighieri. Rusia, en cambio, recién en el siglo XIX tendrá a su Pushkin.

Entonces la lengua literaria rusa se constituye en diálogo con esa tradición europea muy tardíamente. Hasta entonces, lo único que había era hagiografías —historias de vida de santos— y una lengua protocolar del Estado, pero faltaba una lengua viva para hacer literatura rusa. Ese es el lugar que va a ocupar Pushkin. Sí había una literatura previa calcada de los modelos franceses y alemanes, pero era cosa de un grupo culto minoritario —la población de Rusia era, casi en su totalidad, analfabeta—. Con su obra, Pushkin crea una lengua literaria a partir de la lengua popular, del habla coloquial de los rusos. Él pone el faro y, a partir de ese momento, la lengua rusa se revaloriza y su literatura explota.

Otra cosa a tener cuenta es que, hacia el siglo XIX, en Occidente la literatura ya estaba ubicándose en el campo de la ficción. La ciencia, la historia y la ficción ya estaban separadas como disciplinas y se entendía que, en el campo de la ficción, el autor podía hacer lo que se le antojara. En cambio, en Rusia el lugar social del escritor era otro y la responsabilidad también era otra. Los lectores no leían a escritores, sino a una suerte de profetas que intervenían moralmente en la esfera social. Recordemos que no había sociedad civil, sino una organización verticalista con el zar a la cabeza y una censura muy fuerte. No había congreso para discutir ideas, los órganos de prensa estaban cooptados por la policía secreta y en las cátedras universitarias pasaba algo parecido. No había espacios de discusión, no había dónde debatir. El único espacio libre era la literatura.

Así, los escritores rusos tuvieron que aprender a debatir creando literatura, ficcionando ideas. No tenían la posibilidad de hacer filosofía como los alemanes.  El mensaje literario era social, una discusión de ideas con posicionamientos políticos claros. ¿Rusia debía seguir a Europa o asumir un camino propio?

La percepción de “lo ruso” quizá tenga que ver con estas cuestiones. Un escritor ruso del siglo XIX se preguntaba por la existencia de Dios, el destino del hombre, la corrección moral, etc. En Europa, en cambio, la literatura ya se había independizado y tenía inquietudes de tipo formal, de trabajo estético con la palabra. En Rusia todo eso estaba mezclado. Quizás por eso su literatura atrajo y atrae a un público específico: para el que quiere solo pasar el rato, Dostoievski o Tolstoi pueden resultar pesados. Son novelas largas, que pretenden abarcar todo, discutir todo.

En “La tarea del traductor”, Walter Benjamin plantea que el error de algunos traductores es aferrarse a su lengua materna, en vez de permitir que la extranjera sacuda con violencia. ¿Cómo fueron tus primeras experiencias como traductor del ruso? ¿Con qué autores y obras trabajaste?

La primera traducción fue Pensamiento y habla de Lev Vigotski, que es un clásico de la psicología, una de las grandes obras del siglo XX. Yo lo había leído y conocía al autor. Traducir ese libro, que venía de las ciencias sociales, fue lo mejor que me pudo pasar, me sentí cómodo. No es lo mismo traducir poesía, teatro o narrativa que traducir textos filosóficos o de ciencias sociales. Cuando se traduce un ensayo o un tratado, no se piensa tanto en el efecto estético, sino en la coherencia conceptual, en ser consistente, y yo venía en tema. Entonces salió bien. La segunda obra que traduje fue Memorias del subsuelo, de Dostoievski, que también la tenía muy masticada. Hacía rato que quería traducirla y entonces escribí un estudio preliminar en el que canalicé algunas ideas acumuladas. Un poco por lo temático y otro poco porque era una obra conocida, su traducción me resultó muy amena. Después traduje una novelita de Turguéniev, y así me fui metiendo, encontrando soluciones.

Para mí, la práctica de la traducción no es una cuestión académica: son horas vuelo. No se puede enseñar a traducir de manera abstracta. La imagen es la de un piloto y su copiloto. Para aprender a pilotear un avión, hay que hacer un curso teórico y después hay que sentarse al lado de alguien que oriente para, después, animarse a probar. Cada situación es nueva, cada aterrizaje es distinto, el viento sopla con distinta fuerza y el avión no siempre es el mismo, va más cargado, menos cargado. Es experiencia pura.

Al principio, yo trabajaba dudoso, iba despacito, no arriesgaba. Con el tiempo, fui poniéndome canchero, encontrando soluciones personales a ciertos giros lingüísticos, formas que en castellano me funcionan. Con el tiempo, también fui encontrando mi voz. Si algún día alguien estudia mis traducciones, quizás encuentre un tono y un estilo propios.

Este año, el Foro Eslavo de las Artes te otorgó el premio Zolotói Vítiaz 2020. ¿Por qué es importante este premio? ¿Qué lugar ocupa el Foro en el panorama de las letras y la cultura rusas?

El premio es importante porque, en general, los premios literarios no reconocen la traducción. No hay un Premio Nobel o un premio Planeta o Cervantes a la traducción. Fue importante porque, por primera vez, este premio a las artes se lanzó de una manera maravillosa a reconocer la traducción literaria. Creo que, sin los traductores, las literaturas del mundo serían provincias mudas. Nadie leería lo que pasa en otras fronteras.

Como todo premio, el Zolotói Vítiaz tiene cierto sesgo ideológico-político. Su creador es un actor ruso famosísimo que se inició con Tarkovski y que tiene un pensamiento quizá conservador en el sentido de que considera que Rusia no debe seguir a Occidente, sino su propio camino. Es decir que los organizadores de este premio no se llevan bien con los discursos occidentales. Hay una idea de mantener los valores rusos, los valores cristianos ortodoxos de Rusia, los valores nacionales. Sin embargo, yo no soy ruso, ni cristiano ortodoxo y el premio me lo dieron igual. Ni siquiera me preguntaron cosas sobre mi vida: vieron la lista de traducciones, se interesaron y me dieron el premio. Para mí eso fue algo muy valioso.

En la UNSAM coordinás el Programa Interpres de Lectura Mundi. ¿Qué actividades desarrolla el área?

Interpres se creó entre 2016 y 2017. Los profesores Antonio Tursi —que falleció el año pasado— y Laura Carugati notaron que en la UNSAM había experiencias de traducción muy buenas. Talleres de alemán, francés, griego, latín. Grupos que hacían todo el trabajo que implica la traducción de un texto, desde su elección y traducción hasta la corrección, la publicación y la difusión. La idea entonces fue darles un marco institucional a esas experiencias, además de una coordinación. En poco tiempo, logramos sumar talleres de italiano e inglés y, junto con el equipo del Programa de Lenguas, también lanzamos un taller de traducción de textos literarios y filosóficos chinos, que es una experiencia inédita en el mundo académico argentino.

La idea es ampliar y que haya cada vez más idiomas representados. Por otro lado, el objetivo es que los participantes de cada taller tengan una primera experiencia de traducción. Discutir autores, seleccionar textos, traducirlos en grupo, buscar un editor, corregir y después hacer todo lo posible para que esa experiencia termine en un texto publicado en papel o en formato virtual. La idea es poner en juego estrategias de traducción durante todo el proceso.

En el último informe semanal sobre la situación epidemiológica de la Provincia de Buenos Aires, el jefe de Gabinete bonaerense dijo: “Esto no es un paso al comunismo”. Fue en referencia al anuncio presidencial de la compra de 25 millones de dosis de la vacuna Sputnik V. Las redes explotaron con comentarios prejuiciosos y fake news de todo tipo, con el eterno fantasma del comunismo en el centro del trolleo. Pareciera ser que con la vacuna rusa se reactivaron un montón de prejuicios en torno a lo que sabemos y no sabemos sobre Rusia. ¿Por qué este imaginario de la mala Rusia comunista sigue tan vigente en Occidente?

La gente está muy mal informada. Rusia dejó de ser comunista hace 30 años. Es un país capitalista, con un capitalismo muy salvaje, más salvaje que el nuestro. No es una crítica: dudo que cualquier país pueda entrar al capitalismo con zapatos de cristal. Capitalismo es saqueo. La torta se reparte a los palazos y así se van constituyendo todos los sistemas capitalistas. Después, cuando la torta está repartida y hay relaciones de fuerza, quizá se encuentra cierto equilibrio, cierta “paz social”. Pero decir que Rusia es comunista… eso habla más de quien lo dice que de Rusia. Lo que podamos decir de Rusia desde la Argentina no la altera lo más mínimo. Sí es cierto que Occidente arrastra siglos de una actitud despectiva con respecto a Rusia.

Esa mirada sobre Rusia es semejante a la mirada que Europa Occidental tenía sobre el Oriente bizantino. Fijate que hasta nuestros días la palabra ‘bizantino’ tiene una connotación negativa: cuando decimos “esto es una discusión bizantina” queremos decir que es inútil, eterna, que no llega a ninguna parte. Bizancio fue el gran Otro de la Europa Occidental.

Algo que siempre cuento en mis clases: en la escuela secundaria, primero estudiamos la Mesopotamia. Después pasamos por Grecia. Llegamos a Roma y la historia termina con la caída del Imperio. En segundo año, seguimos con la Ilustración y ya estamos viendo el enciclopedismo francés del siglo XVIII. En el medio, pasaron mil quinientos años de historia. Y resulta que el Imperio Romano, tras su caída en Occidente, vivió mil años más en Constantinopla, y de eso no sabemos nada. Los planes de estudio occidentales no incluyen Bizancio, que no es China o Japón: es Europa del Este. El Imperio Romano de Oriente vivió mil años más después de la caída de Roma. Y todo lo que ocurrió durante esos diez siglos —el arte, la estructura política, la vida social—, a nosotros no nos llega. Durante mil años, la cultura vivió en Constantinopla y acá no tenemos ni idea. Es una historia que hay que ir a buscarla.

 

 

El Otro era Bizancio…

Ahí hay una serie de problemas que Occidente no ha querido reconocer. Y esto un poco se reproduce en la relación que Occidente tiene con Rusia. Europa nunca va a contar la historia de esta manera. Hubo un período de la historia en el que la cultura estaba en Constantinopla. Madrid, Barcelona, París o Berlín eran aldeas brutas. No tenían y no podían ni competir con el esplendor y la cultura que Bizancio había heredado. Durante un largo período, la capital cultural del mundo fue Constantinopla (hoy Estambul). Creo que esto es un poco la prehistoria de la mirada occidental hacia lo ruso.

Europa oriental y Europa occidental son como dos hermanos, pero uno adopta una actitud de superioridad, de no reconocer, y el otro asume una actitud como de resentimiento, de querer demostrar que puede. Pero, en el fondo, son hijos de los mismos padre y madre: una determinada visión cristiana, una determinada concepción del hombre y el mundo. En gran medida, la forma de entender el poder en Rusia se hereda de la concepción bizantina. Occidente, en cambio, a partir de la fragmentación de Europa durante el período feudal hizo otro recorrido. Sin embargo, en su diferencia, hay una cosa especular, un poco como espejos deformantes: cuando un occidental se mira en Rusia, se ve a sí mismo en otra versión. Ahí se genera cierta fascinación: soy yo, pero otro. Algo que también le pasa a Rusia cuando se mira en Occidente.

Una anécdota ilustrativa: en 2017 erigieron en pleno centro de Moscú una estatua en honor a Mijaíl Kaláshnikov, creador del famoso fusil automático AK-47 —el más usado en el mundo después de la II Guerra Mundial—, quien había fallecido en 2013. El monumento indignó a muchos sectores progresistas de países de Occidente y de la misma Rusia. La mirada occidental era un poco irónica —“miren la clase de héroes que aclaman en Rusia”—. Paradójicamente, el premio más importante que tiene Occidente es el Nobel, creado en honor a Alfred Bernhard Nobel, inventor de la dinamita y dueño de una fábrica de cañones pesados en Suecia —los cuales fueron utilizados en la I Guerra Mundial—. En este sentido, me parece que Occidente tiene mucho que callar respecto de algunas decisiones que se toman en Rusia.

Foto: Sergei Karpukhin (Reuters)

Pero volviendo a tu pregunta, en el siglo XIX ya había rusofobia: a los rusos se los caracterizaba de brutos, alcohólicos, torpes. Y claro, cuando Rusia se pasa el comunismo, más nafta al fuego. El cine de Hollywood contribuyó muchísimo en la construcción de ese estereotipo. El tema es que la representación no se actualizó. El comunismo cayó hace treinta años, pero no hay una nueva imagen de Rusia. Entonces, la vacuna contra el coronavirus aparece en Rusia. ¿Y qué sabemos de Rusia? Lo último que supimos es que eran unos comunistas, que viven en el frío, que usan gorros con orejeras. La imagen quedó ahí.

¿No viste el documental sobre Natalia Oreiro Nasha Natasha?

No, pero ese tipo de contenidos pueden contribuir a que la gente se desacartone un poco. Rusia viene haciendo mucho para que eso cambie —los Juegos Olímpicos de Sochi en 2014, el Mundial de Fútbol en 2018—. Las personas que viajaron a Rusia para el Mundial volvieron encantadas. Fueron a un país del que no sabían nada y se encontraron con una nación de pie, con una larga historia, con un pueblo prácticamente europeo. Descubrieron que el 4G, por ejemplo, funciona mejor allá que acá. La tecnología en Rusia, sobre todo en el rubro de las telecomunicaciones, creció muchísimo en los últimos años. Si hasta llegaron a decir que Donald Trump ganó las elecciones con ayuda de hackers rusos.

¿Qué lecturas de autorxs rusxs les recomendarías a nuestros estudiantes y a la comunidad UNSAM?

Almas muertas, de Gogol, es una novela fundamental. Crimen y castigo, de Dostoievski, es una novela fascinante. El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, también es una joya. La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi, es una novelita corta que bien vale la pena. Los cuentos de Petesburgo, de Gogol, son seis cuentos imperdibles en los que casi crea una forma narrativa nueva.

De filosofía, recomendaría Atenas y Jerusalén, de Lev Shestov, un autor que ahora estoy traduciendo para España y que en su momento la revista Sur introdujo en América Latina. Es una lectura esencial: analiza la historia del pensamiento occidental en esta tensión entre la fe bíblica —Jerusalén/Oriente— y la razón griega —Atenas/Occidente—. Es un libro extraordinario, un paseo por toda la historia de la filosofía.

Sobre el traductor

Alejandro Ariel González es licenciado en Sociología (UBA). Realizó estudios de posgrado en la Facultad de Filología de la Universidad de Petrozavodsk (Rusia).

Eslavista, investigador y traductor científico-literario, vivió en San Petersburgo entre 2006 y 2014.

Publicó artículos en Rusia, España, México y Argentina sobre teoría social, traducción y literatura rusa. En la UNSAM, coordina el Programa Interpres de Lectura Mundi.

Preside la Sociedad Argentina Dostoievski. Tradujo más de 60 títulos para Argentina, Chile, Colombia y España.

Entre otros reconocimientos, obtuvo el premio Lee Rusia del Instituto de Traducción de Rusia por su traducción de El doble, de Fiódor Dostoievski, para la editorial Eterna Cadencia, y la condecoración de la Orden de Epifanio el Sabio 2018 por su labor de traducción y difusión de la literatura rusa.

El 15 de octubre de 2020, el Foro Eslavo de las Artes le concedió el premio Zolotói Vítiaz (“Guerrero de Oro”) por su aporte a la difusión de la literatura rusa clásica en el mundo hispanohablante.

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Nota actualizada el 19 de noviembre de 2020

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