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La Era del Antropoceno: Pensar lo urbano, vivir de la basura

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La Primera Escuela Latinoamericana sobre el Antropoceno Urbano visitó la Cooperativa Bella Flor, una planta de reciclaje que funciona en el CEAMSE de José León Suárez desde 2004. Del encuentro participaron estudiantes, artistas, referentes sociales y científicxs de la Argentina y el exterior. Crónica de un cruce entre saberes y realidades.

Por Gaspar Grieco. Fotos: Pablo Carrera Oser

“No me arrepiento de mi trabajo jamás, aunque estemos trabajando en la basura podrida”, dice Nora Rodríguez parada junto a la cinta en la que sus compañerxs separan los residuos. Nora es una de las coordinadoras de la Cooperartiva Bella Flor, la planta de reciclaje que funciona en el CEAMSE de José León Suárez desde 2004, año en que Diego Duarte murió aplastado por una descarga de basura.

Lxs más de cien cooperativistas trabajan en dos enormes tinglados repletos de máquinas industriales con vista a una cordillera de desechos. Allí separan, seleccionan y compactan los residuos que luego venden a grandes empresas. “Acá te cortás, te morís de frío en invierno, en verano te derretís y cuando llueve te empapás”, cuenta Nora.

Acercarse al trabajo de lxs cooperativistas fue una de las actividades de la Primera Escuela Latinoamericana sobre el Antropoceno Urbano, organizada por la École Urbaine de Lyon de la Universidad de Lyon (Francia) y el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM con el apoyo del Instituto Francés Argentina de la Embajada de Francia. Estudiantes, científicxs argentinxs y extranjerxs, artistas, cooperativistas y representantes de pueblos indígenas debatieron durante una semana sobre las problemáticas sociales, económicas y ambientales de América Latina.

El concepto de Antropoceno fue acuñado por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen en el año 2000. Implica pensar una nueva época geológica en la que la actividad humana modifica el mundo. Algunos teóricos sostienen que se inició con la revolución industrial, otros dicen que en la posguerra. Pero todos coinciden en que la acción del hombre se está transformando en una fuerza geológica equiparable a un volcán en erupción o a un tsunami.

“El concepto nos interpela. El avance sobre los hábitats y sus especies, sobre la extensión de las fronteras agrícolas en territorios indígenas y sobre la atmósfera con nuestras emisiones contaminantes se ve muy claro. Todos esos efectos que vemos en la naturaleza hoy nos desafían”, dice Débora Swistun, investigadora del IDAES y coordinadora del proyecto junto con la geógrafa francesa Julie Le Gall. “Tenemos que modificar nuestras conductas, pero, ¿cómo modificamos aquellas que están tan arraigadas culturalmente?”, se pregunta.

Una de las consecuencias del Antropoceno es la exclusión de las personas. Lorena Pastoriza, presidenta de la Cooperativa Bella Flor, es clara: “Se habla de la huella del ser humano en la Tierra. Nosotros no nos sentimos diferentes ni los salvadores de nada. Lo que nos juntó fue la necesidad de un lugar donde vivir y trabajar. Antes veníamos a revolver la basura que otros tiraban para encontrar algo para morfar. Yo probé el salmón por primera vez de una bolsa de basura y nuestros hijos jugaban con los juguetes que encontraban en la montaña del CEAMSE”.

Durante la visita a la Cooperativa, lxs estudiantes y académicxs son recibidos por lxs trabajadores con café y pastelitos. Las coordinadoras cuentan cómo trabajan y lxs universitarixs hablan de la “materialidad del Antropoceno” y las formas del cuidado del cuerpo. También ofrecen una performance en memoria a Ángeles Rawson —asesinada en 2013 y arrojada en el CEAMSE— y se organizan actividades grupales.

“Esta cooperativa nos hace ver de forma bien concreta todas las consecuencias del Antropoceno, porque justamente hablamos de la materialidad, no solo de la basura sino también de los cuerpos. Una materialidad que atraviesa la vida del trabajo, la contaminación, las relaciones sociales. Es el lado más oscuro del Antropoceno: la contracara de los beneficios que algunos tenemos gracias al desarrollo científico-tecnológico es la exclusión. Hoy el impacto es tan grande que estamos todos atravesados, seamos consciente o no”, dice Ayelén, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata y estudiante de la Escuela del Antropoceno.

Jacinto, miembro del pueblo indígena guaraní y estudiante de la Escuela, dice que “es muy necesario este encuentro entre diferentes grupos humanos que, de alguna manera, sufren las consecuencias de esta época”, y completa: “Hay grupos sociales que monopolizan el mercado y los recursos naturales. Es importante buscar medidas para contrarrestar esto porque en poco tiempo el mundo va a ser imposible de habitar. Estamos perdiendo nuestra dignidad, nuestra esencia como seres humanos. Estamos viviendo una crisis de valores muy profunda”.

A la sombra de Diego

La planta recicladora comenzó a funcionar en 2007, pero se gestó en 2004 luego de la desaparición de Diego Duarte, un pibe de 15 años que el 15 de marzo de ese año fue a cirujear a uno de los basurales del CEAMSE y nunca más volvió. Los testigos del hecho afirman que Diego fue perseguido por la policía y se escondió entre las bolsas de basura para luego quedar sepultado bajo una montaña de impunidad. Su cuerpo sigue sin aparecer.

“Antes de la cooperativa era recibir palizas constantes. La policía nos recibía a los golpes porque no estaba permitido revolver la basura. La desaparición de Diego fue un antes y un después. Para que no pasara más, Lorena decidió crear la planta. El gobierno no nos reconoce como trabajadores. Estamos en negro y no tenemos obra social. Esa es nuestra lucha, que nos reconozcan como trabajadores”, reclama Nora.

La Cooperativa se encarga de garantizar las condiciones sanitarias de sus trabajadores mediante la compra de vacunas y medicamentos, pero no alcanza. “Lo que más nos enferma es que no nos reconozcan como trabajadores. Nos han hecho mierda de todos lados y tuvimos que inventar esta forma de vivir de la basura. Hicimos un cambio y hoy podemos imaginar a nuestros hijos yendo a la universidad”, dice Pastoriza.

Débora Swistun concluye que el Antropoceno es algo negativo, pero que se trata de una época de transición. “Si no es pensar todo como apocalíptico, avanzando a la extinción de las especies, incluso la nuestra. Depende de nosotrxs generar cosas alternativas y mejores”

Nota actualizada el 31 de julio de 2019

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