#TalentoUNSAM,TAREA-IIPC

Mil años de imágenes escondidas en Catamarca

Galería

Un equipo interdisciplinario de la UNSAM, la Universidad de Catamarca y el INTI estudia desde 2008 el arte rupestre en las cuevas de El Alto-Ancasti. Cruzando los límites entre arte y ciencia, arqueólogos, químicos, antropólogos, artistas plásticos e historiadores del arte nos invitan a conocer uno de los tesoros prehispánicos menos explorados de América.

Por Camila Flynn | Fotos: Pablo Carrera Oser, Oscar Dechiara

Además de guano, musgos y algunas arañas lobo que se agazapan entre las grietas, en las paredes de las cuevas de Oyola hay pinturas. Hombrecitos que bailan, pájaros que pasan, soles que trepan… Pequeños universos amoldados a la piedra en colores claros, delicados, casi invisibles, persistiendo a pesar del calor, la humedad y el silencio. Hay algo del tiempo de la infancia en estas marcas: dan ganas de tocarlas, de atraparlas, de jugar con ellas…

¿Quiénes las pintaron? ¿Cuándo las plasmaron? ¿Fueron hechas para ser vistas desde afuera? ¿Desde adentro? ¿Entre muchos? ¿Solitariamente? ¿Cuánto del sueño de sus creadores permanece oculto en los sitios inexplorados de las serranías catamarqueñas? ¿Contienen las claves de un enigma cultural que nos incluye?

Estas son algunas de las preguntas que el equipo de investigadores de la Escuela de Arqueología de la Universidad Nacional de Catamarca (UNCA) y el Centro de Investigaciones y Transferencia de Catamarca (CITCA-CONICET) viene formulando desde hace casi una década junto con especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y del Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural (TAREA-IIPC) de la UNSAM, que, en 2012, se sumó a las prospecciones y excavaciones realizadas en el sitio arqueológico de Oyola, ubicado en la sierra de El Alto-Ancasti, departamento de El Alto, provincia de Catamarca.

“Llevamos localizados unos treinta y siete abrigos con pinturas y grabados de más de mil años de antigüedad —700 y 1300 d.C. —, dispersos sobre la superficie de una masa de roca volcánica o ‘batolito’ de dos kilómetros y medio de diámetro”, cuenta Lucas Gheco, uno de los jóvenes arqueólogos que integra el equipo UNCA/CONICET y que trabaja con la expectativa de “comprender las historias locales a través de las cuales las personas del pasado construyeron sus mundos”.

Una empresa que, según el director del proyecto por la UNCA, Marcos Quesada, presenta varios desafíos: “Cada uno de los abrigos rupestres que hemos estudiado hasta ahora plantea una modalidad espacial diferente. Algunos motivos aparecen superpuestos en los aleros de las cuevas; otros, acumulados en las paredes interiores; unos cuantos fueron hechos para ser vistos en posición recostada; otros, solo se aprecian desde afuera. Variantes que nos llevan a pensar que estas pinturas son el producto de un proceso de agregado en el tiempo, con ocho o más eventos de pintado en algunos casos”.

De izq. a der.: Fernando Marte (Tarea IIPC-UNSAM) y Marcos Quesada (UNCA) De izq. a der.: Fernando Marte (Tarea IIPC-UNSAM) y Marcos Quesada (UNCA)

Otros equipos de investigación que exploraron las sierras desde 1960 hasta la actualidad señalaron que, si bien gran parte del arte rupestre de la zona podía vincularse al arte de la Cultura de la Aguada —cultura agroalfarera, 600 a 900 d. C.—, algunos motivos no se ajustaban a los diseños conocidos, por lo que podrían ser intervenciones de otros pueblos en el tiempo. “Nosotros retomamos la sospecha de estos equipos previos y decidimos estudiarla en profundidad. Recién ahora empezamos a entender el grado de complejidad de la tarea que tenemos por delante”, reconoce Quesada. “Por ejemplo, podemos abordar el estudio del arte rupestre de acuerdo con una dimensión ritual, en la que el uso de los espacios va a aparecer ligado a las distintas actividades que se llevaban a cabo en las cuevas, y también podemos optar por la variable histórica, no solo como secuencia lineal, sino también en términos de prácticas específicas. Concretamente, ¿cómo se llegó a hacer estos dibujos? El tema es que, con cada nueva exploración a las cuevas, las dudas y la necesidad de reformular nuestras preguntas vuelven a surgir”.

Camino a Oyola

Al sitio arqueológico de Oyola se accede por la mítica Cuesta del Portezuelo, un camino de cornisa que penetra en las sierras de Ancasti de oeste a este y alcanza casi 2000 metros sobre el nivel del mar. Lapachos, molles y cebiles colorados acompañan una subida serpenteante saturada de especies típicas como el viscote o el mamón del monte —un arbusto de ramas apretujadas y frutos amarillos que, siglos antes de la conquista española, fue aprovechado por los nativos como alimento y fármaco— hasta alcanzar la zona de los pastizales de altura, donde el paisaje se convierte en un mar de terciopelo verde.

Del otro lado, y ya en el descenso hacia a las planicies de Santiago del Estero, un centenar de rocas grisáceas afloran por la pendiente boscosa, camufladas entre la maleza de la yunga. “Son cuerpos aislados que albergan aleros y cuevas de tamaños muy variados, algunas con bocas de dos o tres metros de diámetro y otras, como La Candelaria o Cueva de La Salamanca, que tiene más de diez”, precisa Gheco mientras desmaleza el caminito que conduce a una de las primeras cuevas del circuito, señalizada como Oyola 5. “Acá hay que tener cuidado con el yateveo, una ortiga que está por todas partes y que, si les roza alguna parte del cuerpo, de Ancasti no se olvidan más”.

Llegar al sitio de Oyola no es fácil: los senderos son angostos y desaparecen rápido, el follaje se interpone, los bichos abundan. Serpientes venenosas, cactus surrealistas, cóndores gigantes y jotes negrísimos dominan el lugar, además de una interesante variedad de plantas psicotrópicas que invitan a pensar en un uso religioso o recreativo del espacio. En este ecosistema, las cuevas respiran. Y si bien el sitio fue declarado Patrimonio Cultural Provincial, la realidad es que hoy no está preparado para el turismo. “Se lo promociona turísticamente, cuando en realidad no está protegido. En algunas cuevas hay marcas de aerosol, de carbón, otras fueron golpeadas… No hay control. El arte rupestre es muy frágil. Buscamos entonces que nuestro trabajo sea un aporte para la protección de estos lugares”.

Sitio de Oyola, sierra de El Alto-Ancasti, Catamarca Sitio de Oyola, sierra de El Alto-Ancasti, Catamarca

Teatros de naturaleza inmóvil

Pájaros, camélidos, zorros, jaguares… Cada una de las más de treinta cuevas que hoy se estudian en Oyola conserva las postales mágicas de un tiempo remoto, que, sin embargo, se siente próximo. Figuras antropomorfas simples, volumétricas, ortogonales; de cabeza o escondidas; formas abstractas circulares, rectilíneas o en patrones; escenas de pastoreo, de caravana y de predación; grabados superficiales o de surco profundo y también restos óseos, metálicos y de cerámica —hallados en la excavación de una de las cuevas—. Partes de una adivinanza que se monta y se desmonta de acuerdo a una sugestiva y, por momentos, inquietante combinatoria de composiciones, símbolos y materiales de procedencia natural.

Lucas Gheco (UNCA) Lucas Gheco (UNCA)

“Los paneles rupestres que encontramos hasta ahora son el resultado de varios eventos de pintado”, explica Gheco. “Motivos que fueron realizados en distintos momentos de la historia y que hoy definimos como ‘policronías: obras atravesadas por tiempos y por sentidos muy diversos, dados, entre otras cosas, por la acumulación de figuras, técnicas y estilos. Para entenderlas, a estas policronías conviene ubicarlas en una estructura temporal compleja, distinta de nuestra concepción lineal del tiempo. Lo interesante es ver que la sumatoria de estos motivos propone conversaciones, conjuntos de pequeñas acciones comunicativas, posiblemente vinculadas a los conceptos de estilo, tradición y memoria. Y lo que nosotros buscamos reconstruir es justamente esto: momentos de la historia asociados a actividades concretas, reservadas al interior de estos espacios, en su mayoría reducidos y topográficamente más elevados”.

Momentos de la historia que también son formas de vinculación espacial y que solo una mirada atenta, asistida por luz artificial, cámaras de alta definición y análisis químicos de relativa complejidad, puede interpretar a fondo. “Después de realizar excavaciones estratigráficas del piso de una de las cuevas —Oyola 7— y análisis químicos de las pinturas, hoy sabemos cómo fueron hechas algunas mezclas de pigmentos: los colores rojos se lograron con raspadura de hematite y con tierras ricas en óxido de hierro; los blancos, con yeso y carbonato de calcio; y los negros, con carbón vegetal”, detalla Fernando Marte, secretario de Investigación y Transferencia de TAREA-IIPC e investigador a cargo del estudio químico de los materiales de las cuevas.

“Estudiamos las pinturas de Oyola a través del análisis estratigráfico de pequeñas muestras de materia que extraemos de las paredes y de las pinturas. Los datos que sirven para caracterizar los pigmentos, para entender su estructura química”, explica Marte, que trabaja con espectroscopias Raman —técnica que, en pocos segundos, proporciona información química y estructural de casi cualquier material— y con microscopías electrónicas de barrido con microanálisis elemental por espectroscopia de energía dispersiva de rayos X (EDS) —método que permite acceder a una imagen ampliada de la muestra que se analiza, con enfoque de una gran parte de su superficie—.

Fernando Marte, secretario de Investigación y Transferencia de Tarea-IIPC Fernando Marte (TAREA-IIPC)

A través de estos procedimientos, hoy el equipo avanza por vías de análisis más complejas, con lecturas que permiten vincular el estudio de las paredes con el de las distintas actividades realizadas en los suelos, como por ejemplo, la realización de fogatas. “La conexión entre los fuegos detectados en las estratigrafías de los suelos y las capas de hollín que aparecen en las microestratigrafías de las pinturas nos permite abrir un nuevo campo de investigaciones con una visión más holística del proceso histórico de estos espacios”, amplía Marte.

El equipo también encontró morteros, de cuyo interior se tomaron muestras. A través de su análisis se podrá determinar el uso que se le dio a esas herramientas. “Los resultados aún no los tenemos —advierte Gheco—, pero lo que sí descubrimos son dos formas de mortero diferenciadas: una muy profunda, utilizada seguramente para la molienda de granos, y otra más pequeña, con forma de tacita, posiblemente destinada al preparado de pigmentos”.

Jardín de senderos para visitarse

Al igual que el resto de los investigadores del equipo, el doctor Quesada tampoco es indiferente al encanto de las cuevas catamarqueñas: “Las superposiciones entre las figuras pintadas, las diferencias en la composición química de los pigmentos y la variabilidad morfológica de los diseños relevados en los distintos espacios nos llevan a pensar que acá la noción de ‘tradición’ se enlaza con una dimensión interactiva de la vida comunitaria. Las distintas lógicas de agregado —yuxtaposición, superposición, acumulación, etc.— y la incorporación de motivos viejos en nuevos discursos pictóricos son acciones que hablan de un espacio de negociación pautado, en el que el tema de la construcción de la memoria colectiva es clave: esta gente no estaba de paso y contaba con tecnologías que permitían establecer relaciones de vecindad. Pensemos que, para perdurar, la oralidad necesita de referentes sólidos, y estas pictografías invitan permanentemente a la interpretación”.

Gracias a este nuevo recorte teórico, las concepciones arqueológicas previas —que asumían que las sierras de Ancasti no eran más que un lugar de paso entre áreas culturales— parecen quedar atrás. Con un mirada que apunta a los fenómenos locales, esa imagen sesgada del pasado de las sierras se resignifica: paisajes campesinos establecidos, arquitectura en desarrollo, espacios agrícolas extensos, utilización de materias primas locales y más: todo un paisaje aldeano bien establecido, hoy latente en los restos arqueológicos de la zona. “En cuanto a la vida local de estos pueblos, todavía hay mucho que no sabemos”, aclara Quesada. “Hablamos de poblaciones del período medio, con patrones habitacionales de tipo agrario. Por ejemplo, en muchas de las quebradas que bajan hacia los arroyos principales, todavía hay restos de estructuras de terrazas de cultivo, construidas con muros de piedra”.

 

A lo largo de los últimos años, las investigaciones arqueológicas desarrolladas en el sitio de Oyola acumularon infinidad de evidencias materiales que, a futuro, podrán seguir siendo estudiadas. “Para nosotros, las historias locales no se viven en términos de historia con mayúscula, sino en la cotidianidad, vinculadas a las memorias locales y referenciadas en los espacios. Allí, el pasado prehispánico aparece menos definido. ¿Qué actividades se desarrollaban en estos ámbitos rupestres? ¿Cuántos momentos de la historia regional quedaron plasmados en ellos? ¿Quiénes participaron? ¿Cómo participaron? Preguntas que hacen a la medida de nuestra ignorancia, pero que están en proceso y buscamos profundizar”, asegura Quesada.

Cuentos de la cueva

Sentados “a lo indio” bajo el alero de Oyola 8, los cronistas de esta nota prestan oídos al doctor Quesada, que, junto con los investigadores Marte y Gheco, reflexiona: “Hay aspectos en los que aún no hemos profundizado lo suficiente, en parte porque primero es importante conocer la historia para después plantear la pregunta. Uno de ellos es la dimensión simbólica, al significado cultural de todo esto. Podemos decir: ‘Este camélido vino antes, este otro después, este zorrito se conservó bien, este otro no tanto…’. Sucede que la arqueología privilegió siempre las explicaciones funcionales, ‘para qué sirvió este objeto’, y esquivó las preguntas por el significado. Con el arte, la cosa se complica: la función del arte es significar. Entonces, el significado es la función. Y nosotros antes tenemos que definir qué significados y qué momentos queremos desarmar. Lo que no quiere decir que no podamos avanzar por esta vía. Tenemos el caso de los camélidos que aparecen saliendo de un hueco natural de la piedra, como si se originaran allí. Se trata de una escena con un carácter marcadamente narrativo… En esa pintura hay un sentido que tiene que ver con el tema del ‘origen’. Una cuestión que reaparece en el motivo de la serpiente que se asoma por un hueco de la piedra y entra por otro, como si las superficies fueran permeables y pudieran atravesarse. La serpiente es la que puede subvertir el orden. Una idea que está presente en otros casos ya conocidos en los Andes, asociados al tema de la ‘comunicación': la serpiente como una especie de camino que conecta distintos planos del mundo. Podríamos preguntar por qué pintaron una serpiente y no, por caso, un suri, cuestiones que todavía no estamos en condiciones de responder y que van surgiendo gradualmente. Sin embargo, este tipo de intercambio que estamos sosteniendo nosotros ahora, sentados en ronda dentro de esta cueva tan linda, posiblemente sea el mismo tipo de comunicación que se planteaba hace 1000 años cuando se encendían los fuegos y se pintaba en la piedra: quietos, mirándose a los ojos, en un ambiente de conversación muy íntimo y rodeados de naturaleza”.

Jaguares, guerreros y serpientes

Otra parte fundamental del trabajo de investigación que se lleva a cabo en las sierras de El Alto-Ancasti es la divulgación de los avances al público general. Para ello, el equipo ideó en 2009 el proyecto “Jaguares, guerreros y serpientes: Historia y estética del arte rupestre del oriente de Catamarca”, financiado por el Fondo Nacional de las Artes (FNA). Con esta propuesta, el equipo incorporó a su rutina de trabajo al fotógrafo Oscar Dechiara y al artista plástico Omar Burgos, que retrataron y reinterpretaron las pinturas de Oyola y luego expusieron los resultados en diferentes puntos del país: Catamarca (2010), CABA (2011), Santa Fe (2011), Llambi Campbell (2013), Vilismán (2014) y Oyola (2014). La muestra itinerante, que contó con más de una veintena de ampliaciones fotográficas y alrededor de diez óleos inspirados en los distintos espacios rupestres, incluyó la organización de talleres de pintura en escuelas primarias y secundarias de las localidades de Oyola y Vilismán, además de conferencias abiertas al público, ofrecidas por los investigadores de la UNCA.

Iglesia del pueblo de Vilismán Iglesia del pueblo de Vilismán

Asimismo, a través del Consejo Federal de Ciencia y Tecnología (COFECYT/ASETUR), el equipo UNCA/INTI/UNSAM, junto con la Municipalidad de El Alto, busca desarrollar un proyecto educativo de envergadura centrado en el armado de un centro de interpretación en la localidad de Guayamba y en el diseño y puesta en funcionamiento de un parque temático en Oyola. “La llegada a la comunidad es importante”, remarca Quesada. “Estamos en un momento en que la arqueología busca generar un vínculo más estrecho con el presente. En ese ida y vuelta, en relación con el arte rupestre como patrimonio, se genera una visión diferente. No es que la gente de aquí no tenga idea de lo que hay en las cuevas, todo lo contrario: las cuevas son parte de su paisaje cotidiano. Pero, en los talleres que organizamos, se genera una mirada interesante porque los vecinos se sienten interpelados con nuestro trabajo y pasan a ver el entorno de otra manera. Además, esos mismos vecinos tienen expectativas económicas en relación con las potencialidades turísticas del sitio, algo que es totalmente legítimo porque es un recurso local que puede y debe ser aprovechado por la comunidad. Nuestra idea es aportar también en este sentido”.

Sierras de El Alto-Ancasti, ladera oeste Sierras de El Alto-Ancasti, ladera oeste

ARQUEOLOGÍA DE LAS SIERRAS DE EL ALTO-ANCASTI 

Investigadores

UNCA/CITCA Catamarca: Dr. Marcos Quesada, Dr. Enrique Moreno, Dr. Marcos Gastaldi, Mg. Gabriela Granizo, Lic. Lucas Gheco, Lic. Soledad Meléndez, Lic. Antonela Nagel, Lic. Veronica Zucarelli, Lic. Débora Egea, Lic. Maximiliano Ahumada, Sr. Carlos Barot, Srta. Sofia Boscatto, Sr. Oscar Dechiara —fotógrafo— y Sr. Omar Burgos – artista plástico.

TAREA-IIPC: Dr. Fernando Marte, Dra. Noemi Mastrangelo, Dr. Marcos Tascón y Dr. Daniel Saulino.

Colaboradores INTI Buenos Aires: Tec. Rodrigo Álvarez, Srta. Sol Ugarteche, Lic. Andrea Poliszuk, Tec. Andrés Ceriotti

Instituciones participantes:

Escuela de Arqueología, Universidad Nacional de Catamarca; Centro de Investigaciones y Transferencia de Catamarca, CONICET; TAREA-IIPC UNSAM; INTI, sede Buenos Aires.

Instituciones que financiaron y que financian el Proyecto:

Secretaría de Ciencia y Técnica, Universidad Nacional de Catamarca; CONICET; Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica; Fondo Nacional de las Artes; Secretaría de Políticas Universitarias, Ministerio de Educación de la Nación; Ministerio de Cultura de la Nación; National Geographic Society.

Para ver proyectos realizados y en curso, clic aquí 

PARA VER NUEVO NÚMERO DE LA REVISTA UNSAM, CLIC AQUÍ

Nota actualizada el 21 abril, 2016

3 comentarios

  1. Gerardo Castro dice:

    ¡Felicitaciones para el trabajo de mi amigo Fernando! Hay que tener vocación para hacer estas cosas.

  2. Arte dice:

    Un gran trabajo conlleva una gran responsabilidad, grandioso post y magnificas imágenes. toda una obra de arte realizada pro el sentimiento de nuestros antepasados, excelente post.

  3. Alicia E. Faltracco dice:

    Hola, soy profe de pintura y hace treinta años vivo en Humahuaca . Siempre me interesé por la arqueología y el arte colonial.Me gustaría saber como podemos aunar fuerzas para la preservación de los sitios y artefactos. Aquí es un desastre , destruyen, roban y a nadie le importa, me cansé de protestar y hacerme mala sangre. Me dedico a pintar y trato de difundir el patrimonio cultural pero necesito comunicarme con la gente que tiene los mismos objetivos para que algún dia las cosas cambien, aunque en muchos casos ya es demasiado tarde.

Responder a Alicia E. Faltracco Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *