Bandera en la UNSAM

Notas de tapa, Rectorado

Reflexiones en el 197º aniversario del 9 de julio de 1816. #Independencia

¿Qué significa la independencia económica, científica, política y educativa? Algunos de nuestros académicos reflexionan sobre la importancia de la emancipación en sus respectivas disciplinas y áreas de trabajo.

 

“Independencia es el primer eslabón en la cadena del deseo que nos devuelve a nosotros mismos”

Carlos Ruta, Rector.

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El sentido de independencia en las ciencias sociales – Recordando (una vez más) a O’Donnell

Carlos H. Acuña*

Al celebrar el 9 de Julio celebramos la valentía y sentido de una gesta patriótica iniciada en 1810 y que hasta hoy sigue su curso. En este sentido, la independencia no es un evento sino un proceso de construcción de capacidades que muestra idas y vueltas, siempre objeto de una lucha política e ideológica que, ineludiblemente, cruza el debate teórico en las ciencias sociales. Sobre esto Guillermo O’Donnell solía reiterar que era saludable mantener cierta desconfianza hacia las teorías que llamaba “del norte”. No por ser “del norte” sino por el riesgo de construir nuestra realidad social con teorías alejadas del peso de la propia historia. Era una desconfianza fundada en términos teóricos e históricos. Argumentaba que el riesgo con las teorías “del norte” es que algunas se nos presentan como si no tuvieran historia, cuando la historia resulta fundamental en la comprensión de la política y las relaciones sociales. Desde esta mirada, dar sentido histórico, espacial y temporalmente a lo que está pasando, resulta ineludible en la explicación social. Sin este conocimiento no es posible sostener de manera legítima generalizaciones teóricas. O’Donnell decía que la estructura social sintetiza un proceso histórico. Sostenía, de esta forma, que en la producción teórica fuera de la región, hay elementos que sirven y valen para capitalizar en la comprensión de nuestras realidades; y, por otra parte, también hay elementos que se nos presentan sin historia y, en realidad, están materializando supuestos sobre historias y estructuras sociales divorciadas de aquello que tratamos de entender en nuestro espacio-tiempo. Y es aquí donde creo que se juega el sentido de la independencia para las ciencias sociales. Un sentido que entiende a la independencia como capacidad de producir teoría históricamente enraizada y comprometida.

*Profesor, investigador y titular del Programa Estado y Políticas Públicas de la Escuela de Política y Gobierno (EPyG). Investigador principal del CONICET. 

 

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La importancia del orden simbólico

Laura Malosetti Costa*

El proceso de emancipación y la declaración de independencia respecto de la metrópolis colonial implicó a sustitución de todo un orden simbólico por otro: la creación de imágenes y representaciones de las nuevas ideas, retratos de los líderes revolucionarios, símbolos y emblemas (bandera, escudo, moneda, escarapela, uniformes, etc.). Esa dimensión visual del período de la Independencia, el poder de persuasión de las nuevas imágenes simbólicas y su persistencia en la construcción de ideas y sentimientos de nación, son asuntos que merecen hoy nuevas miradas críticas.

*Doctora en Historia del Arte, profesora del IDAES y del Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural (IIPC) e investigadora CONICET.

 

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Hacia un sistema científico nacional

*Diego Comerci

Hace décadas que la ciencia nacional se debate entre dos posturas extremas, antagónicas y a mi entender erradas.

Por un lado, está el discurso de la ciencia como empresa liberal, pura, de excelencia, aunque uno nunca termina de entender bien que es la excelencia, salvo algunos iniciados que parece que la tienen clara y saben “qué” es lo bueno y “qué” es lo malo.  Esto tiene sus virtudes porque la libertad se lleva muy bien con la creatividad. Pero un sistema de ciencia puramente liberal es riesgoso, porque en general se terminan invirtiendo recursos públicos en investigaciones de “excelencia” que suelen ser muy buenas y provechosas para la fama del investigador, pero los resultados y los recursos humanos formados son aprovechados por empresas o naciones extranjeras. Hay muchos ejemplos de esto, solo basta revisar cuantas patentes de empresas extranjeras se basan en conocimientos científicos obtenidos y financiados en Argentina.

Por el otro, está la postura más dirigista, de “ciencia aplicada”, el programa científico concebido y dirigido desde el Estado. Esto tiene un aspecto muy positivo porque apunta a atender necesidades concretas de nuestra nación, porque construye y pone en funcionamiento una agenda científica nacional, que busca resolver problemas actuales o estratégicos del país. Pero suele fracasar porque la ciencia es una empresa creativa, como el arte, y como tal no se lleva bien con la lógica administrativa estatal. Se burocratiza, se achancha, se vuelve improductiva.

Creo que no tenemos que perder más tiempo oscilando entre ambas posturas. Debemos comprender que es posible construir un “sistema científico nacional independiente”, con agenda propia, nacional pero apelando a los más altos estándares científicos y tecnológicos en ámbitos donde se promueva la libertad y el intercambio creativo. Muchas de las políticas que se están implementando hoy, como la financiación de consorcios asociativos donde convergen instituciones académicas de “excelencia”, empresas locales e instituciones estatales van en este sentido. Es algo realmente innovador y creo que en el mediano plazo dará sus frutos. Yo apuesto a esto.

*Profesor e investigador del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIB-INTECH) y del CONICET.

 

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Desde un mirador latinoamericanista

Por Andrés Kozel*

El estudio de las independencias reviste un enorme interés para los latinoamericanistas.

En primer lugar, para dar cumplimiento al deseo de saber más acerca de los casi infinitos matices de la historia continental.

En segundo lugar, para apreciar los complejos modos a través de los cuales se han ido labrando, acumulando y desplazando claves de interpretación al respecto. A esta altura de las cosas, los perfiles de dichas claves son casi tan variados y fascinantes como los del mismo proceso histórico. En las últimas décadas, la disciplina histórica nos ha enseñado que los estados nación que hoy conocemos no existieron desde siempre, sino que se fueron forjando a lo largo de un proceso sinuoso y conflictivo. También nos ha ayudado a visualizar mejor el papel de los sectores subalternos en las luchas independentistas y en los procesos históricos en general. Con esto la disciplina histórica les ha ganado terreno a dos de sus principales enemigos: la propensión al anacronismo y la propensión a la narración broncínea.

En tercer lugar, para reabrir el debate relativo al significante América Latina. Muchos escritores han puesto de relieve el carácter continental del clamor emancipador, llamando la atención, entre otras cosas, sobre la sincronía de los procesos y sobre la vocación americana de la mayor parte de las declaraciones y proclamas: no deja de ser interesante recordar que nuestra Acta de Independencia habla, no de Argentina, sino de las “Provincias Unidas en Sud-América”, y que lo hace a dos columnas, una en castellano, otra en quechua. Muchos autores se han interrogado acerca de las razones que pueden ayudarnos a entender la fragmentación de la antigua unidad de la América antes española y la imposibilidad de (re)crearla en los años subsiguientes. En esta línea, destaca una tesis que podemos considerar clásica: la de la balcanización. Al parecer, el primer uso de esta expresión para pensar la dinámica latinoamericana correspondió al peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien la empleó para referirse a la prédica de Manuel Ugarte. El supuesto que subyace a la imagen de la balcanización es transparente, e indica que nuestra verdadera nación es América Latina. El supuesto y la tesis son desde ya discutibles, pero sería difícil negar que los esfuerzos integradores de los últimos lustros quedan enmarcados en esa larga tradición de brega por la unidad continental.

*Profesor e Investigador UNSAM y CONICET. Director de la Maestría de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Humanidades (EH).

 

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Una construcción colectiva

Silvina Merenson*

Supongo que siempre es esperable y resulta políticamente correcto “hablar bien” de cualquier tipo de independencia. En lo personal siento que solo puedo hacer eso si la pienso como producto de una serie de acuerdos y conquistas colectivas. En este punto, no me interesa mucho ser una docente-investigadora independiente en el sentido radicalmente liberal que podría suponer esta expresión. Claro está, valoro profundamente la libertad para decidir sobre qué investigo o sobre qué tema escribiré el próximo artículo, pero creo que la independencia que me moviliza es aquella que se construye entre muchos, aquella derivada de la elección de formar parte de un proyecto intelectual que nos trasciende en términos personales.

*Doctora en Ciencias Sociales. Profesora del IDAES e investigadora del CONICET.    

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Una economía hecha en casa

*Martín Abeles

En el Día de la Independencia, desde un punto de vista “económico”, me viene a cuento un célebre artículo de John Maynard Keynes, “La Auto-Suficiencia Nacional” (“National Self-Sufficiency”, The Yale Review, Vol. 22, No. 4, junio de 1933), que de alguna manera alude a lo que hoy podríamos denominar independencia económica: “Las ideas y el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes, estas son las cosas que deberían, por su naturaleza, ser internacionales. Pero dejad que los artículos sean hechos en casa, siempre que sea razonable y convenientemente posible; y sobre todo, dejad que las finanzas sean antes que nada nacionales.” En los tiempos que corren —en el país y en la región— se trata de una definición doctrinaria decisiva.

*Profesor y director de la Maestría en Desarrollo Económico de la Escuela de Economía y Negocios (EEyN)

 

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Contra la esclavitud laboral y sexual

Karina Bidaseca*

La esclavitud es, sin duda, uno de los modos de aniquilamiento del otro. Un acto de extrema violencia en la transformación de hombres libres vueltos esclavos, a través de la desgarradora narrativa de la trata. Como muestra Susan Buck-Morss (2005) hay una “discrepancia entre pensamiento y práctica que marcó el período de transformación de la forma mercantil del capitalismo global a la forma protoindustrial (…) La explotación de millones de trabajadores esclavos en la colonia fue aceptada como parte de una realidad dada por los mismos pensadores que proclamaban que la libertad era el estado natural del hombre y su derecho inalienable”.

La escritora afroamericana Toni Morrison  en su novela Beloved, repone en tres soplos, la misma oración hecha de frases fragmentadas que interrumpen el texto: que la de Sethe, la madre esclava que libera a su hija Beloved de su amo, en el contexto del aumento de tasa de infanticidio en el sur de EEUU, no era (no es) una historia para transmitir.

La asamblea del año XIII de las Provincias Unidas del Río de la Plata instaura la libertad de vientres en 1813, pero no de todos los esclavos, que se logró en 1853 con la Constitución de la Confederación argentina. Sin embargo, la trata y la esclavitud laboral y sexual sigue presente. Ciertamente, como asola en Beloved, cuando caminamos sobre sus huellas, nos damos cuenta que esas vidas no desaparecen del todo. Y que necesitamos hacer políticas que nos ayuden a reclamarlas y a no olvidar. Hasta cuando llegue el día que no haya ni una muerta más por feminicidio.

*Profesora e investigadora del IDAES y del CONICET. Dirige el Programa Poscolonialidad, pensamiento fronterizo y transfronterizo en los estudios feministas.

 

Nota actualizada el 10 de julio de 2013

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